Enfermos


Vivimos al borde de la locura.  Somos paí­ses en estado de permanente patologí­a.  Estamos enfermos.  No se puede de otra forma, el estrés nos está matando.  Y esta situación vital afecta a nuestros hijos: viven nerviosos, tensos y muy a la defensiva.  Saben que si van en el bus, no están seguros, si juegan en el parque, deben tener cuidado.  Las cosas están mal.

Eduardo Blandón

Ya no es infrecuente que los estudiantes sufran eso que llaman «trastorno por déficit de atención con hiperactividad» (TDAH).  Los profesores lo saben.  Los alumnos pierden el control, no saben enfocarse, están confundidos.  Por eso, sienten cólera cuando entre las tareas se cuenta la lectura de un libro, no saben perseverar a lo largo de sus páginas, no entienden, pierden el hilo.  Incluso el recurso de las pelí­culas es ineficaz si no es suficientemente atractiva y dinámica, los puede dormir.

  Todo esto explica, quizá, el éxito de Twitter y Facebook.  Aquí­ todo sucede con premura, son lecturas cortas y mensajes «flash».  Son el mundo de la brevedad.  Incluso la prolijidad (en estos lugares) es mal vista y revela incomprensión e inadaptación.  Sólo los viejitos mayores de 40 años, los que llegaron tarde a Facebook, escriben largos textos, explican, narran y creen encontrar un nicho para relatar cuentos.  No han entendido nada.

  Los padres estamos desconcertados y como no los entendemos ofrecemos palo.  El castigo fí­sico, la punición, es nuestra arma favorita.  Les pegamos porque creemos que tanta inactividad puede aplacarse con la ira, el grito y el regaño.  Pero nada más falso.  Los niños agarran callo, no es esa la ví­a.  Tanta aceleración no se frena con el castigo fí­sico.  Hay caminos más civilizados que quizá empiece con el tratamiento psicológico y, cuando es demasiado alta la quí­mica, con la medicina.

  Ya deben sentirse contentos los psicólogos.  Son los nuevos sacerdotes del futuro.  Los sabios de la posmodernidad.  Es con ellos que hay que ir para que nos bajen el estrés y controlen la ansiedad.  Comencemos por aceptar que estamos nerviosos y esto no se cura «con ayuno y oración».  Debemos hacer un presupuesto para sanear nuestra mente y encontrar cierta paz en un mundo no hecho a nuestra medida.

  Todo esto procurará que los niños (y jóvenes) dejen de sufrir.  Que no paguen los platos de nuestro descontrol.  Que dejen de recibir palo y violencia psicológica.  Ayudará también a los niños a tener mejores notas, disfrutar de una vida social «normal» y vivir con el amor que necesitan.  Podrí­a ayudar también a los profesores a relajarse, que están también demasiado nerviosos y a la defensiva.  Ya se tomarí­an con más calma las clases y las dificultades de los estudiantes.

  Los colegios y universidades deberí­an enviar no sólo a los estudiantes al psicólogo, sino también a los profesores.  Hay bastantes locos sueltos en las aulas.  Los traumados están de moda, los obsesivos pululan por las calles y la bipolaridad puso su tienda entre nosotros.  ¿Por qué no ponerle un alto al asunto?  La ordinaria locura ha llegado también a los pastores, véalos predicando y verá (y escuchará) que están bastante enfermos los pobrecitos.