Poemas del vagón de carga de Manuel José Arce



UN PELIGROSO DELINCUENTE ESCAPA

¡Tantos nombres que tengo!

Mi nombre bautismal, bí­blico, serio,

más mis dos apellidos cronicones

llenos de cementerios y de gentes;

mi número de cédula complicado y conciso,

para estar atrapado en documentos, sin escape posible;

los de los pasaportes, que amo tanto,

y el de esta libretita que me sirve sólo para votar

sin que me pongan multa y sin que me den gusto;

la dirección postal de donde vivo,

mi número en la guí­a telefónica, la placa de mi carro

¡tantos nombres que tengo y que he tenido!

Mas, si he de ser exacto, te diré

que sólo tres me gustan:

ese que dices en aquel momento,

mi apodo de la escuela,

y el «papá» del patojo.

El primero, nadie más lo sabe;

el segundo, ya todos lo olvidaron

y el tercer lo tiene todo el mundo.

Cuando me hablo conmigo

uso indistintamente estos tres nombres

y mi peor bofetada hubiera sido

que tú, que mi pupitre o que mi niño

me hubieran saludado con un número

o con un tí­tulo universitario.

Fuera de estos tres nombres, dejo el resto

a la posteridad:

que me sumen mis números, que agreguen

el de mi ficha de la policí­a y el que habrá de tener mi mausoleo,

que me los multipliquen, los dividan, saquen raí­z cuadrada

y los digieran.

Que busquen en mis ramas genealógicas

entre las frondas de los apellidos

hasta llegar a un mono,

a un incesto,

a un parto indecoroso

y que se aburran.

Que armen un expediente arquitectónico

y que metan en él sus detectives,

sus telescopios y sus microscopios,

para dar con mi pista.

Y no me encontrarán por ningún lado

porque yo estoy afuera de todo eso.

Porque yo sólo estuve en tres lugares:

sobre tus ingles, cuando lo dijiste;

con mis amigos, cuando lo dijeron

y junto al niño, cuando me lo dijo.

Y ahora que me acuerdo,

nunca invitamos a ningún notario.

***

CRí‰DITOS

Hoy me desnudo entero.

Hablo y escucho un poco de mí­ mismo.

Hoy no hablo del amor

sino del mí­o.

í‰stas son actitudes personales

que no tienen que ver con todo el mundo.

Si hablo a veces en diálogo es porque estoy muy solo.

Y si hablo de otros me refiero a aquello

que está fuera de mí­.

Si soy procaz,

si insulto

y si aparece una mujer desnuda

y un hombre en rayos equis,

es porque no soy apto para adultos.

Todo esto que sucede en blanco y negro

lo ha captado una cámara que funciona al compás de cómo vivo.

La música de fondo sí­ no es mí­a:

no sé dónde la oí­.

De alguna parte me la habré robado.

Actuación especial: la de sus labios, la de mi almohada y la de la premura.

Hay un sinfí­n de extras detestables.

Por lo demás,

derechos registrados

y cualquier parecido es coincidencia.

***

UNA CRíNEO EN LA SOMBRA

¿Dónde poner ahora la cabeza?

Me dijeron:

– ¡los pies sobre la tierra,

las alas en el viento

y las manos arriba!

¿Y la cabeza?

Se han tejido teorí­as, se han fabricado hipótesis:

– la cabeza, debajo del sombrero;

encima de los hombros;

al final del cogote;

detrás del mecapal;

bajo el cuchillo de la guillotina;

al encuentro de un tiro de pistola;

en medio de laureles;

bajo la lupa de un psicoanalista.

¡Pero nunca en tus manos

nunca en tu regazo,

nunca en la almohada, al lado de la tuya!

Y de no ser así­

¿cómo justificarla?

Ya no es bastante sólo decir:

gracias a ella existen las industrias

de peines, de analgésicos, de anteojos,

libros y barberí­as,

los dentistas, los oculistas y los narizólogos

¡tanta gente viviendo de este redondo y complicado fruto!

Pero al final de cuentas

yo sólo estoy preguntando una cosa:

Si no es entre tus manos, si no es en tu regazo,

si no es sobre la almohada, al lado de la tuya

¿dónde poner, entonces, la cabeza?

***

LA LENTA MUERTE LLEGA

Tengo ganas de un poco de entusiasmo

que no siento hace tiempo.

No sé por qué no sabe a nada vivo

ni el mes, ni la avenida, ni la luz, ni el orgasmo.

En realidad también tengo la culpa

y me declaro honestamente reo de una gris negligencia

que por todo mi cuerpo se pasea

y que de todo mi fervor disfruta.

Pero, además, declaro

que han entrado en mis dí­as muchas gentes

armadas de agresivas pasividades turbias

y han saqueado mis horas una a una

hasta dejarme sólo esta inopia profunda.

Han tomado mis sueños,

mis molares,

mis palabras usuales

y mis ví­sceras.

Con mis ideas han envuelto carne

y ropa sucia con mi vida í­ntima.

Protesto.

Yo protesto.

Tengo ganas de un poco

de entusiasmo tardí­o y trasnochado,

del estricto, del justo y necesario

para morir mi almuerzo.