Exposición colectiva de atrocidades


Por Juan B. Juárez

Existen únicamente dos tendencias artí­sticas: la que niega (y reniega) la realidad cuestionándola y oponiéndole otros ordenamientos y otras valoraciones posibles, y la que la afirma (y confirma) como el mejor de los mundos. Tales tendencias no son opciones entre las cuales el artista pueda escoger sino propiamente los extremos dialécticos en los que se origina todo impulso creativo y se funda y pone en movimiento una tradición. No está demás aclarar que lo que aquí­ llamamos realidad es siempre la realidad social y los valores que la sostienen, y debe entenderse no como una exterioridad objetiva en la cual el artista eventualmente encuentra sus temas sino como la concreta dimensión histórica dentro de la cual su trabajo creativo encuentra su sentido y se convierte en obra.


II

La cuestión del lugar y la función social del arte y los artistas dio lugar en el pasado reciente a célebres discusiones que se libraban en los cí­rculos intelectuales desde posiciones ideológicas irreconciliables. Fuera de esos cí­rculos, para el artista concreto la decisión sobre la orientación y el significado de su trabajo se reducí­a a una toma de partido y a la adhesión apasionada a una ideologí­a.

En la actualidad, sin embargo, el desplazamiento objetivo del artista contemporáneo hacia la marginalidad plantea una verdadera crisis existencial que no puede resolverse dogmáticamente sino que exige algo más que ideas: actitudes y acciones que verdaderamente inserten el trabajo artí­stico en la dinámica de la sociedad, pues lo que está en juego no es la validez estética de la obra de arte sino su pertinencia en una situación histórica concreta: la nuestra.

III

En la participación entusiasta y desinteresada de los artistas de Guatemala en esta Exposición de Atrocidades hay sin duda mucho de las actitudes que los tiempos les reclaman. Y es que el hecho de que se trata de una exposición colectiva que exige pronunciarse sobre el tema sensible y multiforme de lo atroz y que tal manifestación colectiva tenga lugar precisamente en el espacio densamente simbólico del Palacio Nacional ayuda a expresar la intención profunda (y no siempre consciente) de restaurar el compromiso del arte con la sociedad.

En el contexto de este intento de restauración resulta particularmente significativo que muchas de las obras que reúne la Exposición de Atrocidades no son de reciente ejecución, pues nos pone sobre la pista cierta de la existencia previa y de la continuidad oculta de la preocupación de los artista por definir su obra frente a la realidad. Una preocupación que, por otro lado, nos muestra el «lado oculto» y la faceta más auténtica y legí­tima de cada uno, precisamente aquella que las apetencias estéticas del mercado y las intenciones «edificantes» de ciertas entidades «altruistas» han sumido en la marginalidad (por cierto, con la pasiva complicidad pasiva de los propios artistas).

IV

El concepto de lo atroz y de atrocidad puede abarcar la infinita diversidad de formas perversas que puede adquirir lo real. Aplicado como calificativo implica siempre un contacto vivencial o una experiencia personal con alguna de las formas concretas de la perversidad. Las diversas expresiones artí­sticas que se reúnen en la Exposición de Atrocidades no surgieron de la simple experimentación formal: son, de alguna manera, testimonios de esa vivencia (y de sus efectos traumáticos) y tienen por eso el trasfondo vital, la urgencia y la energí­a irreprimible que se origina en la repulsa y la indignación estética y moral.

Quizás el mérito de esta Exposición de Atrocidades sea reunir en un solo espacio -el Palacio Nacional- esas expresiones artí­sticas individuales y articular con ellas una visión más amplia, verdadera y convincente de la atrocidad de nuestra realidad. Dicho de otro modo, resolver en lo artí­stico-colectivo las experiencias traumáticas y fragmentarias de lo artí­stico-individual, incluyendo la marginalidad.

GUATEMALA, UNA EXPOSICIí“N DE ATROCIDADES


Por Juan C. J

En 1955 Luis Cardoza y Aragón publicó «Guatemala, las lí­neas de su mano», libro lúcido -quiromancia certera, pirotecnia hermosa- que iluminó un momento oscuro con luces del pasado más remoto y del futuro más incierto de este paí­s borroso, de conciencia pantanosa, traicionera y devoradora.

La luz de este relámpago belicoso e indomable -fuego azul en vainas blancas, eléctrica bandera invertida del paí­s- iluminó el sendero de tres generaciones de artistas, hasta el lí­mite de las lí­neas fatales y astrológicas. Esa misma luz, potente y enceguecedora, sirvió en su momento para señalar los desví­os y traiciones de los artistas y de otros oscuros oficiantes de la cultura a esa predeterminación cósmica.

Los artistas recientes, los que brillan u oscurecen después de la muerte del maestro, ya no ven, ya no pueden ver, las lí­neas de la mano de Guatemala. Ya no ven, por lo tanto, las lí­neas de su destino como artistas (huelga decir que ni como personas ni como seres humanos ¡Fecales!). No es que sean ciegos, al contrario, dirí­a que son una especie de videntes. No es que no quieran verlas (las lí­neas); es que nuevamente se han borrado, ya sea porque ellas mismas se han enterrado en la carne y en las venas de la gente y del paí­s o porque al paí­s le han cercenado las manos.

Producto de esa ceguera, de esta lucidez en la oscuridad profunda es la Exposición de Atrocidades de Popart, Goya y Bauhaus, iluminados artistas de las tinieblas.

¿Falló la clarividencia de Cardoza? No lo creo. Sus profecí­as son de largo plazo. ¿Es cierto que cercenaron el destino de Guatemala? No, no. O sólo parcialmente: las manos de Guatemala son flores y nuevamente florecerán. Prueba de ello son Goya, Popart y Bauhaus, iluminados artistas de las tinieblas. No son testigos sino ví­ctimas de ese cercenamiento temporal -no por ello menos criminal- de las lí­neas y las manos y del destino de Guatemala.

II

Con respecto a «Guernica», alguna vez los alemanes le preguntaron a Picasso si él era el autor de esa atrocidad. í‰l, parco, respondió: no, fueron ustedes.

Así­, las atrocidades que exponen Goya, Bauhaus y Popart no las hicieron ellos. De alguna manera todos somos coautores no solo de las obras que se muestran y ejecutan sino, sobre todo, de las realidades que las inspiran.

III

¿Son artí­sticas las obras de Bauhaus, Goya y Popart? Eso depende del lado de la realidad o de la irrealidad en que se encuentre el espectador. Si las lí­neas de la mano del destino del paí­s fueron cercenadas, la estética tradicional y tradicionalista es culpable de ese crimen, de esa traición en la que no puede haber nada hermoso. Si, a pesar de haber sido cercenadas las manos, las lí­neas se sumergieron en las carnes y en las venas del pueblo, habrí­a que considerar si no afloran abruptamente en el arte atroz de estos artistas iluminados por las tinieblas, en un retorno fatal para iluminar nuestras conciencias y las imborrables lí­neas de nuestro destino.

IV

He visto las pinturas, dibujos y videos de esta Exposición de Atrocidades de Popart, Goya y Bauhaus, artistas jóvenes, medianamente conocidos pero que con esta muestra valiente e iconoclasta se arriesgan a ser «desconocidos» totalmente.

Un exceso de sangre, violencia y sexo serán sus pecados… Papeles-espejos-que-reflejan simplemente-reflejan. De los performances -arte conceptual por excelencia, al margen de que su ejecución sean virtuosa o chapucera- únicamente tengo conocimiento verbal. El alma blanca bolsa de basura, La aurora que aborta esperanzas cotidianas, Mercados de miserias, etc., son, de todas maneras, metáforas atinadas y potentes, muy acordes con nuestra época alejada de delicadezas y romances, capaces si no de cambiar al mundo, por lo menos de conmover a un auditorio sensible.

(Eduardo Juárez, fragmento de «Exposición de atrocidades», novela publicada por Letra Negra, páginas 119, 120)