Una crí­tica seria y profunda


Criticar la situación del paí­s no es difí­cil y se convierte en un ejercicio cotidiano para los guatemaltecos. Mucha de esa crí­tica, sin embargo, debe analizarse a la luz de las motivaciones que tienen los crí­ticos, puesto que si son los grupos de oposición polí­tica debe tomarse en cuenta sus intereses que son motivadores de los señalamientos. Lo mismo pasa con empresarios que cuestionan sobre la base de sus negocios y la forma en que se ven afectados personalmente por las circunstancias o porque requieren exoneraciones o que no suban los impuestos. Los campesinos claman por tierra y sus crí­ticas se enmarcan en esa perspectiva, lo mismo que los ambientalistas o los activistas de derechos humanos que se enfocan especí­ficamente en las áreas de su interés.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

En cambio, la Conferencia Episcopal de Guatemala, conformada por los obispos del paí­s, no tiene agenda particular ni intereses mundanos y eso convierte sus análisis en planteamientos serios que deben tomarse en cuenta porque son objetivos. Y cuando uno ve el contenido de la exposición de los obispos, se da cuenta de que es una crí­tica no al Gobierno actual, sino un cuestionamiento profundo al Estado por su incapacidad para atender las necesidades de la población en temas tan puntales como educación, salud y seguridad. Abordan, además, el tema de Cohesión Social y al contrastarlo con las deficiencias en los hospitales y en las escuelas, uno llega a la conclusión de que el Estado le proporciona silla de ruedas a los que tienen dolor de espaldas, pero deja que se arrastren por el suelo quienes no tienen piernas. Ciertamente es encomiable que se ayude a la gente más necesitada, pero no puede haber ayuda que sustituya la atención elemental en cuestiones de salud y educación en las que el rezago es importante. Porque terminamos desvistiendo un santo para vestir otro, y eso es algo que debe terminar.

Los obispos cuestionan seriamente la indiferencia que se observa respecto al tema de la inseguridad ciudadana y en ese sentido expresan el clamor de la población que está en verdad desesperada por la incapacidad para hacerle frente a la delincuencia común que se enseñorea en el paí­s por la falta de justicia y la ausencia de polí­ticas de prevención.

Un partido polí­tico que está buscando el poder puede hacer planteamientos contra el Gobierno de turno y los pueden hacer con mucha fuerza, pero no tienen la autoridad moral de quienes señalan sin intereses mezquinos una situación tan terrible que tiene literalmente de rodillas al ciudadano común y corriente.

Es tan precaria la condición del Estado, aunque las autoridades se nieguen a reconocer la fragilidad existente, que nos hemos convertido en un paí­s exportador de su gente. Aquellos que tanto hablaban de cómo los cubanos huí­an de la isla para buscar mejores horizontes en Estados Unidos, tienen que ver que la migración de chapines es tanto o más consistente que la de los cubanos porque nuestros compatriotas no encuentran aquí­ oportunidades. Y un Estado incapaz de proporcionarlas a sus habitantes está fracasando estrepitosamente y no merece sino la calificación de fallido.

Para lo único que sirve ese Estado inútil es para ponerse de columbrón ante extranjeros que vienen a extraer riqueza de las entrañas de la tierra. En eso sí­ son diligentes autoridades que, por supuesto, se embolsan mordidas o comisiones que cambian por esas pinches regalí­as que son tan í­nfimas que casi son inexistentes. Por todo ello, la radiografí­a hecha por los obispos es tremenda por lo certera y objetiva.