Criticar la situación del país no es difícil y se convierte en un ejercicio cotidiano para los guatemaltecos. Mucha de esa crítica, sin embargo, debe analizarse a la luz de las motivaciones que tienen los críticos, puesto que si son los grupos de oposición política debe tomarse en cuenta sus intereses que son motivadores de los señalamientos. Lo mismo pasa con empresarios que cuestionan sobre la base de sus negocios y la forma en que se ven afectados personalmente por las circunstancias o porque requieren exoneraciones o que no suban los impuestos. Los campesinos claman por tierra y sus críticas se enmarcan en esa perspectiva, lo mismo que los ambientalistas o los activistas de derechos humanos que se enfocan específicamente en las áreas de su interés.
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En cambio, la Conferencia Episcopal de Guatemala, conformada por los obispos del país, no tiene agenda particular ni intereses mundanos y eso convierte sus análisis en planteamientos serios que deben tomarse en cuenta porque son objetivos. Y cuando uno ve el contenido de la exposición de los obispos, se da cuenta de que es una crítica no al Gobierno actual, sino un cuestionamiento profundo al Estado por su incapacidad para atender las necesidades de la población en temas tan puntales como educación, salud y seguridad. Abordan, además, el tema de Cohesión Social y al contrastarlo con las deficiencias en los hospitales y en las escuelas, uno llega a la conclusión de que el Estado le proporciona silla de ruedas a los que tienen dolor de espaldas, pero deja que se arrastren por el suelo quienes no tienen piernas. Ciertamente es encomiable que se ayude a la gente más necesitada, pero no puede haber ayuda que sustituya la atención elemental en cuestiones de salud y educación en las que el rezago es importante. Porque terminamos desvistiendo un santo para vestir otro, y eso es algo que debe terminar.
Los obispos cuestionan seriamente la indiferencia que se observa respecto al tema de la inseguridad ciudadana y en ese sentido expresan el clamor de la población que está en verdad desesperada por la incapacidad para hacerle frente a la delincuencia común que se enseñorea en el país por la falta de justicia y la ausencia de políticas de prevención.
Un partido político que está buscando el poder puede hacer planteamientos contra el Gobierno de turno y los pueden hacer con mucha fuerza, pero no tienen la autoridad moral de quienes señalan sin intereses mezquinos una situación tan terrible que tiene literalmente de rodillas al ciudadano común y corriente.
Es tan precaria la condición del Estado, aunque las autoridades se nieguen a reconocer la fragilidad existente, que nos hemos convertido en un país exportador de su gente. Aquellos que tanto hablaban de cómo los cubanos huían de la isla para buscar mejores horizontes en Estados Unidos, tienen que ver que la migración de chapines es tanto o más consistente que la de los cubanos porque nuestros compatriotas no encuentran aquí oportunidades. Y un Estado incapaz de proporcionarlas a sus habitantes está fracasando estrepitosamente y no merece sino la calificación de fallido.
Para lo único que sirve ese Estado inútil es para ponerse de columbrón ante extranjeros que vienen a extraer riqueza de las entrañas de la tierra. En eso sí son diligentes autoridades que, por supuesto, se embolsan mordidas o comisiones que cambian por esas pinches regalías que son tan ínfimas que casi son inexistentes. Por todo ello, la radiografía hecha por los obispos es tremenda por lo certera y objetiva.