Cortinas de avioncitos


Decí­a José Martí­, «los niños son la esperanza del mundo»,

¿pero, cuántos de ellos pierden la vida en el camino

por la violencia, la negligencia o la estupidez?

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

Trastumbando en el recorrido a casa, dejaba escapar por su boca cataratas de agua alcoholizada combinada con vestigios de bocas baratas de cantina.

Así­, sosteniéndose de paredes, portones, vehí­culos y de la mano oculta en su inconsciente de un amigo imaginario, Arturo apretó la manecilla de la puerta y se abalanzó sobre la alfombra de «bienvenido».

Casi a rastras alcanzó el gabinete de la cocina y abrió el grifo del lavatrastos, depositó allí­ el resultado de los jugos gástricos y baño sus cabellos hasta saciarlos. Quizá buscó entre estantes y gavetas un poco más de beber, de compañí­a lí­quida, de olvido.

Después, lentamente, avanzó hasta la recámara lanzándose ferozmente sobre la cama. Ya acomodado apagó sus ojos mientras un remolino le llevaba de arriba abajo y abajo hacia arriba haciéndolo sentir que se expandí­a y luego se disminuí­a. Así­, transcurrió el tiempo, segundos, minutos y horas que trataban de tragarse el dolor del cuerpo, del alma.

La noche o lo que quedaba de ella se disolvió al mismo tiempo que un gallo cantaba más de tres veces y cuando la luz se colaba entre las rendijas de la ventana, el ruido de sirenas de bomberos y policí­as invadieron el ambiente mientras aterradores sollozos se escurrí­an entre lágrimas, maldiciones y pañuelos desechables.

Por fin, luego de varias bofetadas, Arturo reaccionó, abrió los ojos y empezó a vislumbrar avioncitos de colores en la tela de las cortinas de la ventana, un muñeco de peluche sostení­a su cabeza y a su lado un cuerpo pequeño estaba cubierto totalmente por una sábana blanca.

Muchos años han pasado y aún así­, Arturo no puede comprender como su endémico y alcoholizado cuerpo pudo acabar con la vida de un pequeño.

Mientras continúa cavilando, los atardeceres se tiñen de ocre tras el paredón del centro Preventivo.