En vísperas de la próxima campaña electoral la izquierda sigue desaparecida, sumergida en un profundo abismo, al extremo de que ni siquiera en la capital no se atisba que una corriente ideológica de ese signo que sea capaz de enfrentar al alcalde ílvaro Arzú.
  Desde que el fallecido Leonel Ponciano entregó la Vara Edilicia a las fuerzas de la derecha, después de la brillante trayectoria del mártir Manuel Colom Argueta, la alcaldía del municipio de Guatemala ha estado desde la década del 80´ en manos del grupo del actual jefe del Ayuntamiento, quien, al parecer, se lanzará por quinta ocasión a obtener el cargo, y lo más probable que no haya un aspirante de la izquierda o del centro izquierda que se lo dispute.
  Si las corrientes progresistas no ocupan el vacío que le corresponde a los sectores populares en la capital, mucho menos los distintos grupúsculos en que se ha atomizado la izquierda con sus diferentes y hasta contrapuestos matices, van a lograr unificarse en el ámbito nacional para presentar candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República; aunque es posible que logren unas cuantas curules en el Congreso y conquisten una que otra alcaldía en el interior del país, al ritmo en que se desenvuelven los acontecimientos políticos.
  Al retomar el caso referente a la alcaldía capitalina, ha surgido un contrincante del alcalde Arzú, pero también de la derecha, el diputado Alejandro Sinibaldi, del Partido Patriota, un político que dice representar a las nuevas generaciones, pero que piensa como conservador de viejo cuño y pese a su abundante publicidad en la vía pública se atreve a afirmar que no ha decidido competir por la alcaldía, lo que denota falta de rectitud política.
  Por el contrario, en La Hora escribe un diputado que no se ha comportado como un derechista vergonzante, como ocurre con la mayoría de políticos de esas fuerzas, sino que, así como cuando fue funcionario del gobierno del entonces presidente Arzú, tuvo la desfachatez de admitir que se sentía «orgulloso de  ser prepotente», ahora ha confesado sin ambages que es de pensamiento derechista y que, en tal sentido, está dispuesto a participar en la constitución de un partido político conservador, aunque el diputado Mariano Rayo es uno de los dirigentes del Partido Unionista, que -obvio es advertirlo- es de inclinación derechista, tan es así que su himno de batalla es el canto oficial de la falange española del extinto dictador Francisco Franco.
  El congresista Rayo, quien es uno de los pocos diputados que plantea propuestas sin derramar bilis y trabaja con diligencia en la comisión legislativa que preside, señala que hay un vacío en la derecha política guatemalteca y está convencido de que «necesitamos un regenerado partido político conservador en el país». Posiblemente tenga razón, especialmente en lo que respecta a un colectivo de la derecha democrática, como ocurre en las naciones europeas, lo que es mucho pedir.
  Quizás el diputado Rayo esté considerando un partido de derechas que no sea verticalista, que no esté supeditado a los designios de un caudillo, al mejor estilo de anquilosadas organizaciones marxistas herederas del estalinismo, sino en un partido conservador capaz de alentar el debate democrático en su seno, lo que no ocurre en NINGUNO de los colectivos políticos actuales en Guatemala, y de ahí que los ciudadanos continuemos en la inveterada práctica que consiste en que votamos, pero no elegimos, porque la cúpula del partido o el cacique es quien designa.
  De esa cuenta, el país está saturado de oportunistas partidos de derecha y de grupúsculos de izquierda incapaces de unificarse en un sólido bloque como para intentar asumir el poder político.
  (Mi amigo Julio Cifuentes le envió al politólogo Romualdo Tishudo este dicho: -El que se mete a política es como el gato que se mete a la chimenea; o sale quemado o sale tiznado).