A paso de tortuga


Para algunas cosas somos un desastre, para otras, genios.  ¿Qué sucederá que nos cuesta tanto sacar adelante el paí­s? 

Eduardo Blandón

¿Tan ingobernables somos?  Lo digo no porque no caminemos y avancemos aunque sea a paso de tortuga, sino porque cambiar el estado de «lo mismo», se vuelve casi un hecho de trascendencia, un hito, casi un milagro.  Y si en algunas cosas no damos la talla, en otras somos peritos.

 

Es el caso, por ejemplo, de mantener a raya las cárceles del paí­s.  Nos ha costado tanto instalar aparatos para impedir que los reclusos saquen llamadas.  El sistema es imperfecto, no funciona y ya tenemos, por esta razón, a los presos amenazando desde su propio hogar en los presidios.  ¿Tan incapaces somos que nos ha costado contratar una empresa para tan titánica tarea?  Por lo visto sí­.  No damos una.

 

Lo mismo se puede decir, ya que hablamos de celulares, de la falta de voluntad del Estado (de su consabida incompetencia), de poner un alto a las empresas telefónicas.  Ya se sabe que los ladrones roban a placer aparatitos móviles -yo he sido ví­ctima en tres ocasiones-, pero en Guatemala no hemos sabido estar a la altura de los tiempos.  Los muertos siguen, los asaltos continúan y nosotros sin saber qué hacer.  Aguantando, como dirí­a nuestro celebérrimo Presidente, las adversidades de la vida.

 

Somos ineficaces (al menos a nivel de conducción polí­tica) y nos cuesta reaccionar.  Nos golpean, humillan y escupen la cara y nuestra respuesta es la filosofí­a.  Llevamos años solazados en la droga -morfina y opio- dormitando, soñando, evadiendo, esperando un Salvador.  Hacemos estudios, reflexionamos, buscamos causa, nos entretenemos en la discusión, pero eso de «hacer» parece que no es lo nuestro.  Aunque a veces damos signos de vida y cierta competencia.

 

Y es esta la paradoja.  Mientras somos lentos para unas cosas, en otras somos expertos.  Fí­jese por ejemplo la pericia con que se asignan proyectos para beneficiar empresas amigas.  Hoy mismo ha salido en los diarios la triquiñuela de sobrevalorar paradas de buses.  Estos concursos sí­ salen «al chilazo», sin trabas burocráticas o demasiadas discusiones.  Y así­, en un santiamén, los programas de la sospecha se confeccionan a todo vapor, de manera unánime sin apenas contar con opositores crí­ticos. 

 

Otro premio a la eficiencia se lo llevan las campañas polí­ticas.  ¿Ha visto el éxito con que se organizan para la propaganda?  De un dí­a para otro ponen centenares de vallas con fotografí­a, promoviendo frases, ideologí­as y seducción.  Aquí­ sí­ somos maestros.  ¿De dónde sacan tanto dinero?  Ese es un misterio que ni el Espí­ritu Santo conoce, pero los polí­ticos saben cómo invadir el paí­s para alcanzar sus fines y recobrar la inversión. 

 

Llegados aquí­, uno podrí­a concluir que hacer el bien no es tarea fácil.  Y la prueba está a la vista: es más complicado, por ejemplo, organizar un semestre en la universidad que suspender las clases.  Así­ es la vida en nuestro Macondo.