«El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia; su fin supremo es la realización del bien común». El primer artículo de nuestra Constitución, no el último de una ley cualquiera. Sentado en un vehículo en el kilómetro 38.5 de la carretera al Pacífico, no me parecía muy poderosa la organización del Estado ni tampoco que tuviéramos muy claro eso del bien común.
Un grupo de personas, 40 o 50, de las cuales una gesticulaba dando órdenes, dos la seguían al pie de la letra y el resto buscaban ánimo entre sí para poder tirar sobre la carretera llantas, ramas o cualquier objeto, iniciaban un bloqueo de carretera que impedía la libre circulación del tránsito.
Desde las seis de la mañana que salimos con rumbo a Mazatenango, teníamos conocimiento de que habría bloqueos en carreteras en los alrededores de la ciudad, la Coordinadora Nacional Indígena y Campesina (CONIC), había anunciado el día anterior que ante los incumplimientos del Gobierno a sus peticiones realizaría los actos de protesta. Por supuesto, ahora parados viendo como se cumplían las amenazas, no alcanzaba a pensar como era posible que el Estado, organizado como dice la Constitución, no hubiera previsto movilizar a las fuerzas de seguridad, con el objeto de impedir que unos cuantos no lesionaran el bien común de muchos que a esa hora simplemente queríamos trabajar.
Un país que necesita desarrollarse, que requiere de la creación de riqueza de sus ciudadanos, que debe de competir con otros para salir adelante no puede quedar simplemente paralizado porque un grupo de personas decida que va a protestar y que la mejor forma de hacerlo es molestar a los demás para que en la molestia de todos, todos salgamos perjudicados y el Estado les preste atención.
Peor aún es el hecho de que el Estado no anticipe, no prevea, se deje amenazar, se concrete la amenaza y luego simplemente no pase nada. En tanto nuestras autoridades no arresten a las personas que sin contar con autorización gubernamental (necesaria para manifestar), protesten y bloqueen impunemente nuestras carreteras, simplemente permaneceremos rezagados y anuentes a que cualquiera pueda considerar que lo que hace es lo correcto y que de su lado se encuentra el bien común.
El fin de semana un amigo me hizo llegar un artículo sobre la «tolerancia cero», dentro de otras cosas, el artículo mencionaba como la doctrina de la tolerancia cero, impulsada por Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York había cambiado la cara de esa ciudad, pasando de tener un alto nivel de crimen a convertirse, según el FBI, en la ciudad más segura de Estados Unidos, durante su segundo mandato como Alcalde.
El principio de dicha doctrina, es que no se permite el irrespeto de ninguna norma, por más pequeña que ésta sea y que al saber las personas que la violación de cualquier norma trae consigo una consecuencia, se cumplen las leyes y se impulsa poco a poco al cumplimiento de las normas mayores e importantes, toda vez que el ciudadano sabe que el Estado no tolerará su violación. Si el Estado permite que sin autorizaciones se limite el bien común, la libre locomoción de las personas, no esperemos que luego estas personas supongan que el Estado se organizará para proteger el bien común, simplemente continuarán irrespetando la Ley.