Muso: misión cumplida


Luis Fernández Molina

¡Ilusos los fundadores! Meros soñadores, fantasiosos, pero sobre todo pretenciosos. ¡Ponerle el ostentoso apelativo de universidad a dos austeros salones de ladrillo construidos en el patio frontal de una vivienda frente al Campo de Marte! y ¡mayor es la osadí­a cuando la bautizan con el nombre del primer educador de la historia de Guatemala! El nuevo centro de estudios emergí­a después de obtener la autorización en regla, en el ya lejano año de 1971. Sus puertas se abrieron para desprender su fragancia y poco a poco se fue abriendo paso en un medio dominado por dos tradicionales casas de estudio superiores que aseguraban que la oferta académica estaba satisfecha. Así­ empezó a dar sus primeros pasos la nueva universidad buscando oxí­geno en medio de la bruma de un ambiente enrarecido por los vientos arremolinados que exaltaban y confundí­an y otros huracanes que arrasaban. 42 alumnos, 3 facultades, parqueo interior para 15 vehí­culos. Pequeña carpa para abrigar proyectos de Coliseo. Inicios poco propicios para una idea muy grande. Pero ¿quién le reveló a Cristóbal Colón que con 3 cascarones de madera iba a cambiar el rumbo de la Historia? y ¿Quién le anticipó a Pizarro que con 13 desnutridos soldados iba a conquistar todo el imperio Inca? y ¿acaso no es culpable Aristóteles de haber inculcado en el brioso Alejandro la imagen del Eukemene? Imagen de ese espacio universal, que embelesó al joven guerrero y lo impulsó a conquistar muchos reinos hasta llegar a la India. Nadie le pronosticó al corso extranjero, sin capital ni conexiones y de poca estatura, que iba a reinar en Francia y conquistar media Europa. Mahatma Gandhi tuvo una idea fija que llevó a la práctica sin armas y sin violencia, y derrotó al mismí­simo imperio británico. «I have a dream» dijo Martin Luther King y modificó la legislación estadounidense. Y así­ son los seres humanos excepcionales que tienen un sueño y ponen todos sus medios para hacerlos realidad. Con ese vigor creció la Marroquí­n; la mí­nima semilla de secoya creció hasta convertirse en robusto árbol que desde sus altas copas disemina sus propias semillas a toda la montaña. Apenas 10 años después, a principios de los ochentas se repetí­a la intrepidez: una hondonada iba a tener el pomposo calificativo de «campus universitario» ¿era ello posible? ¡Pero si sólo es un barranco abandonado! Y a los pocos años allí­ estaba ese apacible y funcional campus con sus hermosos edificios y grandes bosques que sin alardes, son verdaderos pulmones del ahora centro de la ciudad. Y detrás de ese titánico esfuerzo estaba una persona con clara visión, arrojo y carisma. Un pensador que fue congruente en todas sus lí­neas y las expuso abiertamente con franqueza invitando sin discriminación al debate. Un lí­der que supo contagiar a otros para que colaboraran en materializar esos sueños. Sueños que rebalsaban la mera idea de construir una casa de estudios; ese era el medio, el fin era encontrar un refugio donde las ideas preclaras encontraran un ambiente propicio para crecer y difundirse. Para resaltar los valores éticos que deben inspirar a los miembros de una sociedad. No era cuestión de ideologí­as sino de principios; valores universales que deben prevalecer para ordenar en armoní­a el complejo tejido social. Se proclama el valor de la libertad, claro está, sin embargo cabe destacar también el concepto de responsabilidad. Es que van de la mano, como un cuerpo y su sombra ante la luz del sol. Como dijo Bernard Shaw: «La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayorí­a de las personas la temen tanto». Por ello las sociedades han venido declinando su libertad; ¡que sean otros los que asuman las responsabilidades! esos otros iluminados, los polí­ticos, los sabelotodos gobernantes. Por eso se impone la vigilancia, la promoción de los valores, la investigación de conceptos, el estudio de los fenómenos sociales, el escrutinio de las ideas emergentes, etc. Es tal el principal aporte permanente de la UFM. Manuel Ayau ya entregó su tarea, con nota más que sobresaliente -summa cum laude–; deja una universidad que, a la par de las otras buenas universidades del paí­s, enriquece las opciones para todos los estudiantes. Cada dí­a su prestigio se consolida y excede las fronteras nacionales. Merece homenaje y reconocimiento, pero el mayor tributo que le podemos rendir es continuar en el camino que trazó, como dijo Lincoln en el discurso de Gettysburg: «A los que aún vivimos nos toca más bien dedicarnos ahora a la obra inacabada que quienes aquí­ lucharon dejaron tan noblemente adelantada; nos toca más bien dedicarnos a la gran tarea que nos queda por delante». El receso termina y la tarea continúa. Y usted Muso, descanse en paz.