¿A qué obedece que algunos tengan corazón conspirador? No me refiero a aquellos que se desvelan preparando planes funestos desde sótanos, los que interceptan llamadas o se alistan para poner bombas en las bases de edificios. Escribo de aquellos suspicaces y proclives a imaginar toda serie de maquinaciones maquiavélicas tras cualquier suceso casi diríamos ordinario.Â
 Me refiero a aquellos espíritus siempre listos (como los scouts) a imaginar, conjeturar y creer firmemente que tras los hechos se oculta una mano invisible -y peluda-  que sólo los listos, como ellos, pueden ver y apreciar con clarividencia matemática. Son los de vista biónica que nunca se fían a los sentidos y van más allá del dato apreciado por el vulgo.
 Ellos son los ávidos de literatura conspirativa. Los devoradores de libros que demuestran con evidencia científica, por ejemplo,  el envenenamiento de Juan Pablo I, las mafias ocultas del Vaticano, las inversiones dudosas del Banco Ambrosiano, la sospechosa elección de Benedicto XVI, la perversión de los papas, la papisa Juana y un etcétera bastante generoso que suele entretener y deleitar en la mesa de cantinas y cafés.
He citado malévolamente esas conspiraciones que tienen que ver con la Iglesia, pero las maquinaciones obvias para los clarividentes son bastante diversas. Si dos aviones se estrellan contra las torres gemelas, se dudará, por ejemplo, desde la naturaleza de los pilotos, los autores intelectuales, hasta la forma en que se planeó el siempre sospechoso atentado. En este tema, alguien incluso sugirió que las torres no se cayeron a causa del fuego, sino porque fueron dinamitadas sus bases.
Los amigos de las conspiraciones hablan también de una red de masones (o sectas similares) distribuidos por todo el mundo cuyos planes son mantener el control y la esclavitud global. Sugieren nombres, ubicaciones, planes y los más aventurados hasta fechas. Las conversaciones de los suspicaces suelen ser apocalípticas y no deja en la boca sino un sabor a maldad que hace sospechar de todo y todos.
En la jerga de los filoconspiradores hay sólo desconfianza. Se debe temer a todos porque los sujetos suelen estar involucrados con la CIA, la KGB o el Mosad. Cuanto respira debe dar cabida a la sospecha porque todos son culpables mientras no se demuestre lo contrario. Con esa fe, no se tiene empacho de asegurar, por ejemplo, que también Juan Pablo II fue agente de la CIA.
 ¿Pero, a qué obedece este prurito? Yo estimo, en primer lugar que a la capacidad infinita de ficción de los seres humanos. Lo nuestro es el ensueño, la invención, la «fuga mundi». Construimos planetas extraños porque nos aburrimos de este mundo cruel y nos solazamos volando en la estratósfera, haciendo el amor con las estrellas y tocando el más allá.Â
En segundo lugar, estimo que edificamos castillos mágicos por razones «eufemizadoras». Es decir, edulcoramos la vida. Frente a los fracasos, racionalizamos y hacemos que todo resulte según nuestras ficciones. Si salimos mal en un examen, por ejemplo, nos decimos que fue porque el profesor no nos quiere, «conspiró», nos rechaza por el color de la piel, por la forma en que hablamos… Lo propio es «hacernos el bien» mediante nuestras invenciones.
 O sea, los amigos de las conspiraciones lo hacen porque quieren tener el mundo resuelto. Inventan soluciones fantasiosas y se entretienen con sus explicaciones extrañas. Mientras más complicada es la historia, pero con cierta lógica, mucho mejor. Ellos siempre duermen tranquilos porque tienen esa verdad que los pobres del vulgo ignoran. Dichosos.