Aún hay vestigios de arena


Diga lo que diga el gobierno municipal al respecto, la ciudad capital exhibe presencia de arena en ambientes abiertos, sobre todo. Consecuencia del desastre de la descomunal erupción del volcán Pacaya, ocurrida un tiempo atrás. Noche fatí­dica, capaz de exceder cualquier cálculo, que convirtió la metrópoli en segundos, en gruesas capas de color negro.

Juan de Dios Rojas

El fenómeno natural, como siempre, fue demostración palpable del alto riesgo de vulnerabilidad existente en el entorno, además, el hecho innegable de ser los más pobres y desvalidos los más damnificados. Decir cuántas toneladas de ese material provocaron pánico en los habitantes, es poco, restantes situaciones proclives al terror aumentaron el caso.

Una de ellas deriva de la tormenta Agatha, auténtico complemento del orden descontrolador que pasó sembrando pérdidas cuantiosas, humanas como materiales. Ambos sucesos naturales unieron fuerzas, en condición lamentable y desoladora, a extremo de no medirse la diferencia fatal, en desmedro de la vida y habituales ocupaciones importantes de la población.

Pero, detengámonos otro tanto en el asunto referente a los aludidos vestigios de arena volcánica que aún persiste; tampoco es justo expresar que en medio de olí­mpico desprecio. Por cuanto que el propio dí­a siguiente los habitantes amanecieron en ajetreos, destinados a limpiar el material fruto de la erupción del Pacaya, dentro y fuera de su hábitat.

Escenas demostradoras de compromiso con la ciudad misma que nos da albergue, registran que en esos casos extraordinarios hay posturas positivas. Escobas en mano, palas y restantes objetos apropiados para las faenas llenas de civismo de altura, se llevaron a feliz término. Sí­, hubo indiferencia e interés manifiesto, muy poco significan dos, tres casos.

En pocas palabras, la población cumplió con el compromiso, sin que hubiese tantas peticiones y exhortaciones de la Municipalidad capitalina. Somos testigos, inclusive hicimos lo propio durante varios dí­as, al limpiar techos y aceras fundamentalmente, por supuesto depositando la ya indicada arena volcánica dentro de sendas bolsas, a la orilla de las aceras.

A propósito, dadas las desmedidas cantidades de bolsas, costales, etcétera colocadas en sitios adecuados -sin interrumpir ví­as; tampoco dentro de tragantes- semejaban genuinas barricadas, memorables en la historia del paí­s, por ejemplo durante la Semana Trágica, en el derrocamiento de Manuel Estrada Cabrera y en la madrugada del 20 de Octubre de 1944.

Insisto, en anterior oportunidad dije por medio de Diario La Hora, que los vecinos capitalinos cumplieron al pie de la letra con su compromiso. Sin embargo, el gobierno edil actúa lento, empero los vestigios sean como sean deben desaparecer, bajo el lema recurrente que la limpieza citadina es deber de todos. La meta aun dista de alcanzarse.

Una y mil actitudes humanas trajeron a la mente circunstancias similares sucedidas en ocasión del terremoto del 4 de febrero de 1976. No obstante, repito, la enorme cantidad de este material expelido por el impetuoso y recurrente coloso, llevará meses adicionales para terminar la limpieza. Contingentes del Palacio de la Loba tienen desempeño, empero aun hay vestigios arenosos.

A veces tenemos entre ceja y ceja, en torno al caso que nos ocupa, que la arena del volcán Pacaya llegó para quedarse. De cuando en cuando no faltan actividades de voluntariado, hoy muy en boga, vinculadas con solucionar este lamparón en desmedro del ornato capitalino. Pende también en gran medida la necesaria y urgente concientización ciudadana.

Esperamos que la presente época lluviosa, por ratos torrenciales, no complique el tantas veces mencionado caso de la persistencia de vestigios de arena. Algo sucede a diario con el paso y en situaciones de caos vial, acumulen arena en la red vial citadina, cada vez en crecimiento desmedido y muy irregular, ajeno al respeto de leyes y reglamentos,