A los chontes se les tiene miedo


El guatemalteco es poco franco para decir las cosas empleando su justo nombre. Y es que hace rato abandonó la práctica de hablar con la verdad cuando le contaron que aquí­ se han visto muertos acarrear basura, por ello es que prefiere hablar quedito, mientras cuenta, mirando para todos lados, que una vez comprobó que los chontes recibí­an pisto de los transportistas. De ahí­, aunque nadie lo diga a voz en cuello, a los chontes les tenemos miedo. Pues mientras los uniformes, las insignias, las botas altas y la pistola nueva al cinto le costó al pueblo una millonada, muy poco fueron útiles para ganarse el respeto, admiración y mucho menos el sincero aprecio del pueblo o el temor de los delincuentes.

Francisco Cáceres Barrios

Los funcionarios responsables tampoco han hecho algo para que la gente los respete o para que se den a respetar. Muy chulas podrán haber sido las nuevas radiopatrullas negras con rótulos y franjas doradas, especialmente cuando las mantení­an limpias, pero eso nunca restó que al ciudadano le provocara taquicardia pensando ¿con qué me irán a salir estos?, cuando los ve venir y la segunda reacción temeraria es cuando dice: -¡si me piden pisto los mando al carajo! De ahí­ que llevamos tiempo de tener el pobre concepto de que los chontes en Chapinlandia son incapaces, corruptos y poco confiables y encima de todo, abusivos.

Aseguro que la culpa siempre la han tenido los jefes, desde ministros hasta los últimos comisarios, fuera por indolentes o irresponsables o simplemente, porque han llegado a los puestos a ver cómo salen de pobres en el menor tiempo posible importándoles nada la seguridad ciudadana, mucho menos el respeto a la autoridad. Por ello aseguro que no podrá existir la tan ansiada seguridad mientras los chontes (sin utilizar esta expresión chapina de manera despectiva) no nos merezcan respeto y la consideración debida. Es que no es posible que sólo la Procuradurí­a de los Derechos Humanos tenga más de 900 denuncias contra los agentes policí­acos del 2008 para julio del presente año y que la Inspectorí­a General tenga actualmente 73 casos en proceso de investigación, mientras el Ministerio Público habí­a recibido hasta el mes de junio del 2010, 372 denuncias. Por ello, si algún chapí­n ve venir detrás suyo a una radiopatrulla, sirena abierta y las tamaleras echando luces por todos lados, nada extraño es que salga despepitado y no porque lleve drogas en el vehí­culo o vaya conduciendo con sus tragos entre pecho y espalda, sino porque sólo de verlos ¡nos tiemblan las canillas! Eliminar esta condición y circunstancia no se hace de la noche a la mañana. Sólo se logra a través de un largo y profundo cambio hacia el interior de la entidad sin comisionados, comisiones, discursos o dando charlas en las escuelas, sino asumiendo un mando enérgico, profesional y responsable ¿Hasta cuándo, Catilina?