A punto de ser vencidos por el cambio climático


 Tengo la impresión de que los seres humanos en general, pero los guatemaltecos en especial, rápidamente nos hemos acostumbrando a los efectos del cambio climático, puesto que es normal que las personas de nuestro entorno social, laboral o académico observen con naturalidad las oleadas de calor, los intensos aguaceros acompañados de desbordamientos de rí­os, derrumbes, inundaciones y otros desastres que, para no variar, inciden especialmente en la vida de los grupos sociales más vulnerables.

Eduardo Villatoro

    Hasta los peyorativamente llamado ecohistéricos e, incluso, ambientalistas conocidos por la seriedad y profesionalismo de sus planteamientos, como que se han dado por vencidos o aceptaron que prácticamente ya no pueden hacer algo en lo que atañe a las pálidas y anónimas polí­ticas gubernamentales en torno al medio ambiente, para pláceme de las autoridades del Estado, entre las cuales el ministerio del ramo, que ven a los guatemaltecos que nos preocupamos, advertimos, reclamamos y exigimos que el Gobierno no permanezca pasivo ante el constante deterioro de los recursos naturales, como una plaga de inconformes, anarquistas, populistas cuando no chavistas que sólo sirven para alborotar la placidez de los gobernantes, la tranquilidad de los poderosos y el sosiego de los propietarios de agroindustrias contaminadoras, sobre todo las empresas que se dedican a la explotación minera a cielo abierto y las compañí­as petroleras que sobornan a autoridades nacionales y locales, para que las dejen enriquecerse a costillas de la destrucción de la naturaleza.

    Lo grave y penoso es que este fenómeno de relativo desprecio al detrimento del medio ambiente no es un caso exclusivo de Guatemala, sino que se extiende por toda la América Latina, y de ahí­ que la cuestión ambiental se mantiene en segundo  plano, no obstante su estrecha relación con la persistente pobreza y las trabas para el desarrollo socioeconómico, según el más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), presentado la semana anterior en Venezuela, como reporta el periodista Humberto Márquez de la agencia IPS.

   Con cierto pesimismo, la mexicana Mara Murillo, directora adjunta del PNUMA, admitió que él debilitamiento de los programas para preservar del medio ambiente viene siendo como un aceptación de un hecho que ya ocurrió y que está sucediendo, sin que se despierte la conciencia de los pueblos, muchos menos de autoridades públicas y menos aun de empresarios y las grandes compañí­as trasnacionales. ¿O no es cierto, presidente Colom y personeros de la mina Marlin y de Perenco Ltda.?

   América Latina y el Caribe  siguen viendo el problema del deterioro del medio ambiente con criterios tradicionales, de mera conservación, y no se le vincula con las polí­ticas de superación de la pobreza, que es el gran reto a enfrentar, de acuerdo con palabras del profesor Antonio De Lisio, director del Centro de Estudios del Ambiente de la Universidad Central de Venezuela.

   Esas aisladas preocupaciones, aunque con la autoridad del conocimiento cientí­fico y la investigación social, obedecen a que el desgaste del medio ambiente afecta directa y groseramente a la gente más pobre de la región, incluyendo a Guatemala -por supuesto-, sobre todo al tomar en consideración que en América Latina y el Caribe el 35% de la población es pobre, que equivale a 189 millones de personas, y el 14% se encuentra en condición de indigencia, como consecuencia, entre otros múltiples factores de explotación y marginación, que la región se configuró en proveedora de alimentos, materias primas y reserva de recursos de un modelo neoliberal que derivó en crecimiento económico para una minorí­a y generó desintegración social y degradación ambiental.

   (Un funcionario del Ministerio de Ambiente, al ojear el informe del PNUMA, le comenta al ambientalista Romualdo Tishudo: -La confusión está clarí­sima).