Todos los países del mundo tienen problemas de violencia y criminalidad, pero a diferencia de Guatemala en todos lados se hacen esfuerzos por controlar el fenómeno y entienden que la clave está en combatir la impunidad y dar certeza de que los delincuentes tendrán que enfrentar a la justicia y recibirán el peso de la ley. Tontamente se ha creído que con legislar aplicando la pena de muerte a varios delitos se desestimula el crimen, pero no se entiende que mientras la impunidad sea una certeza, poco importa la dimensión de la pena porque la misma nunca llega a aplicarse.
Si menos del tres ciento de los asesinos tiene probabilidad de terminar en la cárcel, tenemos que sacar algunas conclusiones. En primer lugar, sólo los más ineptos terminan presos y casi sería pura casualidad que se lograra la detención y condena de algún homicida. En esas condiciones, es muy alta la tentación de «resolver» cualquier problema matando a alguien, puesto que hasta puede razonarse que alguien agraviado podrá tomar venganza o, si es iluso, intentar el enjuiciamiento del agresor, cosa que no ocurre con los muertos.
Tan dramática es la situación en Guatemala que lejos de disminuir el número de muertos, cada día aumenta y las estadísticas, aun con los maquillajes propios de todo gobierno, resultan siendo devastadoras. Ayer fue una jornada trágica y duele ver el sufrimiento de las personas que pierden a sus familiares y que no pueden alimentar siquiera la esperanza de que la justicia sea aplicada en esos casos.
Y aún así, vemos cómo por cuestiones ideológicas y radicalismos ultraconservadores, se libra una batalla en contra de esfuerzos como el de la CICIG que puede ofrecer al Ministerio Público el apoyo y la capacitación para que podamos aspirar al combate de la impunidad en el país. Los dinosaurios que siguen viviendo en la Guerra fría dicen que la CICIG es un proyecto de los comunistas, como si la impunidad no estuviera ahora al servicio del crimen organizado que es el usufructuario del sistema que se diseñó cabalmente en tiempos de la lucha contrainsurgente para proteger a los aliados de esos trogloditas que quieren mantener la impunidad a toda costa.
Cuando uno oye ciertos argumentos sobre la CICIG tiene que pensar que está rondando aún en nuestro medio el fantasma de Joseph McCarthy, encarnado en dinosaurios que no han logrado superar los oprobios de la Guerra fría y todo lo siguen viendo bajo ese maniqueísmo de comunistas y anticomunistas.
Ni siquiera los crímenes brutales como los de ayer, que debieran conmover a la sociedad y hacernos a todos clamar por justicia, sirve para abrir entendederas entre los más obtusos del país que pontifican contra el esfuerzo que significa luchar para terminar con la impunidad porque creen que abrir espacios a la investigación puede dañar a sus amigos, a los esbirros que no vacilaron en masacrar al pueblo.