Maridos, novios, amantes y compañeros de trabajo nipones reciben por San Valentín más de un cuarto del chocolate que se vende durante todo el año en Japón, comprado por mujeres que llenaron hoy tiendas especializadas y grandes almacenes.
Como muchas otras citas del calendario occidental del consumo, Japón adoptó el día de San Valentín con entusiasmo y compulsión.
Sin embargo, en el país del sol naciente este día guarda un importante matiz que lo diferencia del que se celebra en otros países, sobre todo para ellas: en Japón son las mujeres las que compran chocolate y los hombres los que los reciben.
«Por cada cien mujeres que entraron hoy a comprar sólo acudieron cuatro hombres», dijo hoy a Efe Mayumi Ogata, encargada de ventas especiales para San Valentín de la boutique «100% Chocolate», situada en el exclusivo barrio tokiota de Ginza.
El obsequio de chocolates a maridos y amantes que las japonesas cumplen fielmente se ha convertido, además, en una obligación de millones de trabajadoras con sus jefes y compañeros.
El «guirichoco» o «chocolate por compromiso» ha sido descrito por la popular revista Metropolis como «una masiva transferencia de riqueza» de los bolsillos de las japonesas hacia los de los «viejos y malhumorados jefes» cuyas tazas de té «deben rellenar» y cuyos ceniceros «deben vaciar» las trabajadoras todos los días del año.
Es el caso de Maki Asami, una joven que hoy marcaba los artículos que deseaba en el formulario facilitado por las empleadas de «100% Chocolate», rodeada de una docena de las elegantes empleadas de oficina de Tokio.
Asami confesó que se disponía a comprar compromisos de San Valentín para «doce jefes», pero ningún chocolate para su novio, al que, después de todo, tampoco quiere «tanto».
El problema para Asami era que los chocolates de 500 yenes (unos tres euros) se habían agotado ya para el mediodía, por lo que la joven debía elegir entre los más baratos de 200 yenes (1,25 euros), que le harían dar una imagen menos espléndida, y los más caros de mil, que le dejarían un mayor hueco en el monedero.
Etxuko Kawazoe, por su parte, compró esta mañana chocolate con un gasto de 3.000 yenes (unos 19 euros) para su «boifurendo» (novio en japonés, del inglés boyfriend), aunque en los días precedentes a San Valentín sólo se había gastado 500 yenes en compromisos de chocolate para los jefes de su oficina.
Con una bolsa de regalo en la que llevaba una camiseta que le había costado 6.000 yenes (38 euros), Kawazoe miraba, a través de las vitrinas del expositor especial organizado por los lujosos grandes almacenes Mitsukoshi, los productos de marcas chocolateras de lujo como Pierre Morcolini, Richart o Pierre Hermé.
Asami y Kawazoe son sólo dos ejemplos de la peregrinación anual de las japonesas a los puntos de venta de chocolate, pero según una encuesta publicada el año pasado, el guirichoco hace que el 58 por ciento de las encuestadas se sientan «infelices» y hasta «sumamente desgraciadas» por tener que hacer ese esfuerzo.
Este año, la cita ha sido utilizada por diversas organizaciones para protestar por diversas causas.
Greenpeace intentó regalar esta mañana ballenas de chocolate a los representantes de los países asistentes a la Conferencia para la Normalización de la Comisión Ballenera Internacional, con la que Japón pretende flexibilizar la caza de estos cetáceos.
Otra protesta oportuna ha sido la de la organización «Peace Boat», que regaló al ministro de Sanidad, Hakuo Yanagisawa, un chocolate en forma de corazón de medio metro de largo y tres kilos y medio de peso, junto a un mensaje en el que se pedía su dimisión.
Yanagisawa describió hace poco a las mujeres como «máquinas de hacer hijos», unas palabras que le están reportando una respuesta dura, aunque acompañada de chocolate, por parte de las mujeres, el colectivo al que más gravoso le resulta el San Valentín japonés.