Tabú



Bajo el argumento de que cualquier consideración crí­tica es una muestra de machismo y de discriminación racial, la participación polí­tica de Rigoberta Menchú viene a convertirse en algo muy especial en la vida nacional porque a diferencia de lo que ocurre con cualquier polí­tico, la Premio Nobel podrá gozar de un trato preferente y especial so pena de que quien se atreva a comentar en términos no laudatorios su intención de participar electoralmente sea acusado de racista.

Pensamos que doña Rigoberta, como cualquier mujer, cualquier indí­gena y cualquier ser humano, merece respeto elemental y que sus actos sean juzgados con propiedad. Pero de eso a pensar que se encuentra en una condición diferente a la del resto de los polí­ticos hay una notable diferencia que tiene que ser señalada porque de lo contrario tendrí­amos un caso de discriminación hacia el resto de contendientes que, por no ser ni mujeres ni indí­genas, sí­ pueden ser llevados y traí­dos de la forma tradicional.

Respetamos la decisión de doña Rigoberta de participar en la arena polí­tica porque creemos que todos los guatemaltecos tenemos un papel que jugar en el fortalecimiento de la democracia y que como ciudadanos no podemos quedar de brazos cruzados frente a los problemas del paí­s. Entendemos más que nadie que en Guatemala existe un fuerte racismo y que para una mujer indí­gena es mucho más difí­cil la vida por ese silencioso pero indiscutible fenómeno de desprecio hacia quienes conforman esa maravillosa diversidad cultural que será el plato fuerte para que Bush venga a Guatemala. Pero es indispensable que mantengamos la amplitud mental para que si Rigoberta Menchú participa en polí­tica puedan juzgarse sus propuestas y analizarse el papel que ha jugado, sobre todo porque no se puede ocultar que ha sido parte de este gobierno y eso la coloca en una posición que demanda análisis y juicio.

Las mujeres que en el mundo juegan un papel polí­tico destacado lo hacen sin reclamar un trato preferente por ser mujeres; los indí­genas que han alcanzado posiciones de poder lo hicieron sin esperar privilegios por su origen racial. Y el argumento de que cualquier cuestionamiento a doña Rigoberta tiene raí­ces en la discriminación es absurdo y deleznable, por mucho que tenga buenas intenciones y que se pueda explicar a la luz de la realidad que vivimos en un paí­s racista.

Aplaudimos que Rigoberta dirija un importante movimiento del pueblo maya porque hace falta una presencia más activa y protagónica de quienes históricamente han sido marginados y discriminados. Su incursión en la arena polí­tica será como la de cualquier ciudadano que se mete en esas turbias aguas y el respeto que reciba será producto de sus actos y propuestas más que del traje tí­pico que vista. Lo contrario serí­a justificar de alguna manera la discriminación y usar ese fenómeno ahora como escudo para limitar el debate.