Eduardo Blandón
Según la literatura, la neurociencia es una disciplina de estudio reciente y porvenir venturoso. Si uno se atiene a los libros, los hechos no lo desmienten. Hay dentro de los protagonistas de estas investigaciones un entusiasmo que no puede sino entusiasmar y provocar la disciplina rigurosa en la obtención de este saber por ahora sólo de iniciado.

Como suele suceder con los nuevos descubrimientos, existe una locura científica por las aplicaciones posibles de las ciencias del cerebro. Cada estudioso le ve potencialidades distintas: a la psicología, la psiquiatría, la filosofía y, cómo no, las ciencias de la educación. Este trabajo que ahora se presenta, de hecho, es la reflexión de Eric Jensen sobre la neurología y sus aplicaciones en el campo pedagógico. Para el autor, no cabe la menor duda que los avances científicos en esta materia revolucionará el accionar de los docentes de las futuras generaciones.
El texto es atractivo. Entre sus virtudes no sólo se encuentra la claridad conceptual, accesible a cualquier educador interesado en la materia, sino una muy lograda síntesis en la que se exponen con integralidad las principales ideas relativas al tema. Asimismo, es un trabajo que permite una introducción, preparando el terreno para lecturas futuras de mayor profundidad y envergadura. Es el clásico libro en el que hay una iniciación en un campo totalmente desconocido de una disciplina científica.
Por supuesto, como todo libro tiene talones de Aquiles. Por ejemplo, me parece que los capítulos más interesantes y novedosos se encuentran en las primeras cien páginas. Son excelentes por centrarse en la base biológica del cerebro y las posibilidades que permite la mente. Asimismo, hay sugerencias atractivas respecto al cultivo de la mente, sus amenazas y las enormes potencialidades en quehacer educativo.
Los últimos capítulos, la tercera parte del libro, se vuelven «cajoneros». Quiero decir que no contribuye mucho a lo que ya se sabe. Temas tales como las motivaciones, el cerebro como elaborador de significados y la memoria y el recuerdo, son ya conocidos por la generalidad de iniciados en el ámbito educativo. Con todo, se pueden leer rápido, servir únicamente como repaso o como material para compartirlo con los estudiantes.
Esta es una investigación que puede servir también a padres de familia interesados en sacar adelante a sus hijos. Aquí se aborda el tema de los castigos, que me parece uno de los mejores, las dietas, la importancia del sueño y hasta uno relativo a ejercicios para mantener el cerebro sano. Desde esta perspectiva es una extraordinaria ayuda a la familia que a veces adolece de textos pedagógicos fáciles y prácticos. Incluso, al final de cada capítulo existen sugerencias pedagógicas que bien pueden aplicarse en casa.
Como esta columna tiene el propósito también de seducir al lector, a continuación presento algunas de las ideas para mí interesantes por la novedad, la aclaración conceptual y la posibilidad de aplicación en cualquier ámbito educativo. No es una síntesis de la obra, sino una pronunciación de ideas a mi juicio claves.
En primera instancia Jensen nos sorprende al hablar del peso del cerebro humano y su relación con el de otros animales. Es decir, mientras el cerebro humano adulto pesa de 1,300 a 1,400 gramos, el cerebro de cachalote pesa unos 7,800 gramos. El cerebro de un delfín 1,000 gramos. El de un gorila alrededor de 452 gramos. El cerebro de un perro pesa unos 72 gramos. No es el tamaño del órgano, dice Jensen, lo que es fundamental o definitivo en su función, sino su estructura, las cualidades únicas presentes de manera extraordinaria en el ser humano.
En su fisiología, el cerebro es principalmente agua (78%), grasa (10%) y proteína (8%). Los científicos lo dividen en cuatro áreas denominadas lóbulos: occipital, frontal, parietal y temporal. Cada parte tiene sus funciones, el occipital se encarga particularmente de la visión; el frontal, del juicio, la creatividad y la resolución de conflictos; el parietal, incluye el tratamiento de funciones sensoriales y lingí¼ísticas y los temporales, se encargan especialmente de la audición, la memoria, el significado y el lenguaje.
¿Cómo obtiene el cerebro su energía para aprender? Su fuente primordial, explica Jensen, es la sangre, portadora de nutrientes tales como glucosa, proteína, oligoelementos y oxígeno. Esto sugiere la necesidad de tomar entre 8 a 12 vasos de agua cada día para un óptimo funcionamiento. Asimismo, conviene recordar que el oxígeno es fundamental para el órgano, pues utiliza una quita parte del oxígeno del cuerpo.
Como decía atrás, el capítulo sobre los castigos es uno de los mejores del libro. El autor aconseja eliminar no sólo los castigos, sino también las amenazas del entorno como auténticos impedimentos del aprendizaje. Jensen asegura que no hay evidencia alguna de que las amenazas sean un modo eficaz de alcanzar los objetivos de aprendizaje a largo plazo. «Â¿Por qué fracasan las amenazas? Cuando nos sentimos estresados, nuestras glándulas suprarrenales liberan un péptido denominado cortisol. Nuestro cuerpo responde con cortisol cuando se enfrenta a un peligro físico, ambiental, académico o emocional. Esto dispara una serie de reacciones físicas que incluyen la depresión del sistema inmunitario, la tensión de los grandes músculos, la coagulación de la sangre y una presión sanguínea más alta».
Según Jensen, los niveles de cortisol altos crónicamente provocan la muerte de las células cerebrales del hipocampo, que es fundamental para explicar la formación de recuerdos. Asimismo, el estrés crónico debilita la capacidad de un alumno para seleccionar lo que es importante y lo que no lo es. No hay nada más pernicioso para el aprendizaje que las amenazas, dice, el castigo y el estrés que se provoca a los estudiantes.
Esto lo corroboran otros estudios. Por ejemplo, Jacobs y Nadel (1985) sugieren que el pensamiento y la memoria se ven afectados bajo situaciones de estrés, la memoria cerebral a corto plazo y la capacidad para formar recuerdos a largo plazo se ven inhibidas. Además, el estrés crónico hace que los alumnos sean más susceptibles a la enfermedad. Es decir, a más estrés, más posibilidad de desmejore la salud.
Lo escrito hasta ahora quiere poner en evidencia la importancia de la neurociencia y la atención que debemos mostrar al cultivo del cerebro. Conviene iniciarnos en este tipo de lectura y «aggiornarnos» en un campo en el que de repente nos falta información. Puede adquirir el libro en Librería Loyola.