Seguramente muy pocos lo reconocerán con ese nombre; ni siquiera el propio personaje lo usaba. Sin embargo fue, por así decirlo, su nombre de pila, su identificación civil. Tal se desprende de su respectiva acta de bautizo -pues no había otros registros. Pero como el agua que se expande con el sol su nombre fue creciendo junto a su fama para regresar como lluvia a la fuente primaria con sólo dos palabras. Cuando un novicio tomaba los votos acostumbraba cambiar su nombre, como expresión de que dejaba a la vieja persona y tomaba una nueva; también era común añadir la advocación del Santo a quien se desea tener como protector. Este segundo es el caso de nuestro protagonista que al profesar como Hermano, dejó de lado sus apellidos y agregó a su nombre el de San José: Pedro de San José, y por razones que ni los biógrafos ni historiadores han podido aclarar, al final le incorporó el de Betancourt. Dicho apellido de abolengo en la isla no correspondía a su línea familiar directa, aunque algunos estudiosos indican que de alguna manera eran descendientes de esa familia francesa -más bien normanda- que dos siglos antes habían llegado a las islas afortunadas. Más adelante, en 1771 Clemente XIV le agregó el «Venerable», en 1980 Juan Pablo II el «Beato» y finalmente el mismo pontífice cerró su registro personal con el elevado agregado de «Santo». Muchas biografías se han publicado acerca del Hermano Pedro donde nos relatan la vida del Santo, del Venerable, Angelical, Beatífico, Seráfico; historias pródigas de excelsos adjetivos, a veces en grado superlativo, pero son muy pocas las historias de vida que nos representen al hombre (adicionalmente las representaciones tan pías tampoco ayudan a configurar el marco real). Al Pedrito González de carne y hueso que cuidaba ovejas en Vilaflor (para algunos deviene de Vi-la-flor y para otros de Villa flor) y que adolescente sufrió una enfermedad (que se desconoce) que lo dejó paralizado por largo tiempo y que fue curado por intervención de San Amaro. Al niño-adulto que sufrió las vicisitudes económicas de su padre, quien perdió tierras y ovejas en manos de usureros; al joven que decidió embarcarse a Las Indias sin despedirse de sus padres (cuyas motivaciones no están claras); al visionario que en La Habana oyó de Guatemala y por encanto del nombre decidió que su destino allí se marcaba, al enfermo que fue abandonado por el Capitán en Trujillo pensando que se iba a morir, al místico que al llegar a La Antigua se consagró en cuerpo y alma al servicio de Dios en esa ciudad. También al estudiante frustrado que no aprobaba los exámenes («Yo estudiaba para sacerdote, pero el Señor me tenía destinado para peón»), al rebelde que desconsolado huyó tomando el camino de Petapa; al nostálgico canario que antes de morir ansiaba regresar una vez a su isla para ir en peregrinación al Santuario de la Virgen de Candelaria; al enfermo que siendo joven, apenas 41 años -y 16 en Guatemala- sabía que padecía una enfermedad terminal. Nos hace falta conocer más a esa persona, a ese individuo, en un relato que arrancando con el ser humano vaya escalando los niveles que lo lleven a la santidad; que desde el nivel del suelo, el polvo y las piedras, vaya haciendo su camino hacia las alturas. Porque si la historia empieza en las nubes es distinguir las realidades y pequeñeces de los hombres y mujeres. Y por favor, no estoy diciendo que el Hermano Pedro no estuviera investido de esas virtudes, lo que digo es que no hayan subjetivismos (no los necesita el personaje); que el escritor exponga los hechos y que sea el lector que extraiga esas conclusiones, que sea él quien se incline ante la obra de Pedro González García. PD. Claramente la historia del Hermano Pedro se circunscribe en el contexto religioso, pero su imagen trasciende ese ámbito y es parte integral de la historia de Guatemala.