Recordando a Pedro González Garcí­a, este 25 de abril


Luis Fernández Molina

Seguramente muy pocos lo reconocerán con ese nombre; ni siquiera el propio personaje lo usaba. Sin embargo fue, por así­ decirlo, su nombre de pila, su identificación civil. Tal se desprende de su respectiva acta de bautizo -pues no habí­a otros registros. Pero como el agua que se expande con el sol su nombre fue creciendo junto a su fama para regresar como lluvia a la fuente primaria con sólo dos palabras. Cuando un novicio tomaba los votos acostumbraba cambiar su nombre, como expresión de que dejaba a la vieja persona y tomaba una nueva; también era común añadir la advocación del Santo a quien se desea tener como protector. Este segundo es el caso de nuestro protagonista que al profesar como Hermano, dejó de lado sus apellidos y agregó a su nombre el de San José: Pedro de San José, y por razones que ni los biógrafos ni historiadores han podido aclarar, al final le incorporó el de Betancourt. Dicho apellido de abolengo en la isla no correspondí­a a su lí­nea familiar directa, aunque algunos estudiosos indican que de alguna manera eran descendientes de esa familia francesa -más bien normanda- que dos siglos antes habí­an llegado a las islas afortunadas. Más adelante, en 1771 Clemente XIV le agregó el «Venerable», en 1980 Juan Pablo II el «Beato» y finalmente el mismo pontí­fice cerró su registro personal con el elevado agregado de «Santo». Muchas biografí­as se han publicado acerca del Hermano Pedro donde nos relatan la vida del Santo, del Venerable, Angelical, Beatí­fico, Seráfico; historias pródigas de excelsos adjetivos, a veces en grado superlativo, pero son muy pocas las historias de vida que nos representen al hombre (adicionalmente las representaciones tan pí­as tampoco ayudan a configurar el marco real). Al Pedrito González de carne y hueso que cuidaba ovejas en Vilaflor (para algunos deviene de Vi-la-flor y para otros de Villa flor) y que adolescente sufrió una enfermedad (que se desconoce) que lo dejó paralizado por largo tiempo y que fue curado por intervención de San Amaro. Al niño-adulto que sufrió las vicisitudes económicas de su padre, quien perdió tierras y ovejas en manos de usureros; al joven que decidió embarcarse a Las Indias sin despedirse de sus padres (cuyas motivaciones no están claras); al visionario que en La Habana oyó de Guatemala y por encanto del nombre decidió que su destino allí­ se marcaba, al enfermo que fue abandonado por el Capitán en Trujillo pensando que se iba a morir, al mí­stico que al llegar a La Antigua se consagró en cuerpo y alma al servicio de Dios en esa ciudad. También al estudiante frustrado que no aprobaba los exámenes («Yo estudiaba para sacerdote, pero el Señor me tení­a destinado para peón»), al rebelde que desconsolado huyó tomando el camino de Petapa; al nostálgico canario que antes de morir ansiaba regresar una vez a su isla para ir en peregrinación al Santuario de la Virgen de Candelaria; al enfermo que siendo joven, apenas 41 años -y 16 en Guatemala- sabí­a que padecí­a una enfermedad terminal. Nos hace falta conocer más a esa persona, a ese individuo, en un relato que arrancando con el ser humano vaya escalando los niveles que lo lleven a la santidad; que desde el nivel del suelo, el polvo y las piedras, vaya haciendo su camino hacia las alturas. Porque si la historia empieza en las nubes es distinguir las realidades y pequeñeces de los hombres y mujeres. Y por favor, no estoy diciendo que el Hermano Pedro no estuviera investido de esas virtudes, lo que digo es que no hayan subjetivismos (no los necesita el personaje); que el escritor exponga los hechos y que sea el lector que extraiga esas conclusiones, que sea él quien se incline ante la obra de Pedro González Garcí­a. PD. Claramente la historia del Hermano Pedro se circunscribe en el contexto religioso, pero su imagen trasciende ese ámbito y es parte integral de la historia de Guatemala.