Don David Zaldivar haciendo honor a su condición de patriarca tuvo once hijos con su esposa. Al doceavo lo recibió como regalo del Niño Dios. Lo adoptó un día de Nochebuena cuando tenía 8 años. Se llama Teodoro y desde que lo conocí hicimos buenas migas. Me enseñó los secretos de la selva cenagosa tan diferente de la selva alta de Petén que yo conocía desde muchos años atrás. Teo, como yo lo llamo, es un hombre callado, dispuesto a servir y poseedor de una lógica que envidiaría el mismo Aristóteles. Además de la buena disposición de su personalidad, tiene el potencial físico de un forzudo de circo.
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Las noches de luna llena me gustaba echarme al hombro una doce cargada con bala de onza y caminar a solas a lo largo de la playa hasta el amanecer. En esos lugares me decía Teodoro hay que tenerle más miedo a los animales de dos patas que a los de cuatro. Cuando amanecía iba yo de regreso a Laguna Escondida con los primeros rayos del sol. En las noches de marea tranquila me acompañaba remando, de pie sobre aquella canoa quisquillosa con espacio para una sola persona. Era capaz de completar el recorrido hasta Quetzalito, el punto donde se abre el Motagua al océano, algo más de veinticinco kilómetros. Nunca lo vi caer al agua, como un Ulises desafiando el canto de las sirenas bogaba guardando el equilibrio a favor del viento. Quetzalito, es una de las últimas barras en donde hace años se abrió el Motagua. Parece un pueblo del desierto en el oeste americano construido a la orilla del mar. Una sola calle con tiendas de ramos generales, prostíbulos y cantinas, el refugio de los maleantes de Honduras al igual que los de este lado. A lo largo de la playa en bares y rockolas se escucha música grupera todo el tiempo. Las meseras importadas de Puerto Cortez, vestidas de forma provocativa atraen las miradas de las mujeres del lugar. Alineadas en la orilla se pueden ver las lujosas tiburoneras de los narcos que contrastan con las modestas canoas de los pescadores. La mayoría de los visitantes exhiben pistolas colgadas del cinturón. Detrás de algunos de ellos, los clásicos espalderos de mirada torva enseñan un AK 47. La lancha patrullera de La Marina de Guerra pasa una vez a la semana sonando una bocina atrás de la reventazón, nadie a bordo se da por aludido de lo que está pasando en la playa.
Con Brent Steury, un biólogo del National Park Service y Eddy Benchoam, un joven cineasta guatemalteco, estuvimos buscando el momento en que las hembras de los cocodrilos de Motagua Viejo se acercan a poner sus huevos en las arenas de la playa. Llegamos un poco tarde, era ya entrado el invierno y no pudimos localizarlos. Los cocodrilos nos jugaron la vuelta ese año. Fue hasta el 2005 que los pudimos encontrar durante su reproducción como lo relataré más adelante.
Ver desde la reventazón la aldea de Jaloa en la desembocadura del canal, me recordaba un paraje junto a la desembocadura del río Bio Bio en el sur de Chile, el mismo lugar en donde recientemente golpeo un Tsunami. Casas prefabricadas al lado de otras construidas con restos de corteza de árbol. La gente en Jaloa vive de la pesca, necesitan que la barra se abra para que los peces del mar lleguen atraídos por los restos orgánicos arrastrados por el Canal. Cuando se cierra la barra a finales del verano las gentes de la aldea la abren a golpe de azadón en espera de un día de lluvia para que suba el nivel del canal. Cavan sin detenerse día y noche hasta que el agua principia a correr hacía el océano. Ese primer amanecer con la marea de repunta la pesca de róbalos es prodigiosa. Cuando llevé a Brent Steury nos acompañó Narciso El Negro, poseedor de una técnica única para cazar cocodrilos. Su sobrenombre de «negro» servía para diferenciarlo de otro Narciso, también del lugar, conocido como «cafecito» cuya piel era de un tono mas claro, parecido a la cocoa. Narciso usaba un cable de gran resistencia colgado de un árbol, con el formaba una gasa con un nudo corredizo en donde se colocaba un pedazo de carne descompuesta a un metro y medio de altura del agua. El cocodrilo hambriento, debería alzarse o saltar para alcanzar la carne pasando la cabeza por el espacio de la gasa, quedando aprisionado en su caída de regreso al agua. Fue una bonita experiencia verlo disponer de la trampa, aunque esa vez no pudimos encontrar los cocodrilos.
Como compensación nos tocó vivir un fenómeno que sucede una vez cada año, entre mayo y junio, cuando la desembocadura del Canal se cierra. La falta de lluvias reduce el caudal de agua hacia el mar y la salida se obstruye por asolvamiento. Un día de tantos aparecieron flotando, cientos de peces moribundos de todos los tamaños, las chuletas de róbalo frito y refrito enriquecieron nuestra dieta. Le llaman el tiempo del «barbasco», un fenómeno provocado por una planta que envenena el agua afectando el intercambio de oxígeno. Con las primeras lluvias entre mayo y junio cuando se abre la barra hacia el mar y disminuye el nivel del agua del Canal, las plantas dejan de estar sumergidas y desaparece el fenómeno. Leyendo sobre las expediciones del doctor Schultes a la Amazonia peruana encontré que los indígenas utilizan esa planta conocida como Lonchocarpus y Sergennia Piscitorum. Es rica en Rotenona, un producto biodegradable, la base para fabricar el DDT. Me indagué que en el Ixcán y México, también la conocen, al igual que en la Amazonia, la cortan, la trituran y la lanzan al agua, tapando antes la corriente. (continuará)