«La sangre es la vida y se entrega»


Un simpatizante del primer ministro depuesto de Tailandia, Thanksin Shinawatra, vierte sangre humana en el suelo, en una manifestación frente al Parlamento, para exigir la renuncia del gobierno golpista. FOTO LA HORA: AFP NICOLAS ASFOURI

Chuleeporn Ruangsintrasert, de 52 años, mira su sangre que sale de la jeringa y va a mezclarse con la de decenas de otros «camisas rojas» en una gran botella de plástico. «Lo hago para mostrar el espí­ritu del pueblo tailandés combatiendo contra la injusticia», afirma.


De pie en una carpa recalentada por el húmedo calor de la mañana, este empleado universitario jubilado respondió junto a miles de tailandeses al llamado de los dirigentes del movimiento pro-Thaksin, para derramar litros de sangre delante de la sede del Parlamento.

«Es algo especial. Viene del corazón. Quiero dar mi sangre por la sociedad, para que ya no seamos controlados por las elites que tienen todo el poder», explica Chuleeporn, al tiempo que aprieta el algodón para detener la sangre.

Desde este fin de semana, varias decenas de miles de tailandeses reclaman la demisión del gobierno de Abhisit Vejjajiva.

Los participantes proceden en su mayorí­a del norte y noreste del paí­s, pero también hay muchos miembros de las capas capas populares de Bangkok. Visten camisas rojas y se sienten unidos por el odio contra las elites tradicionales y el reconocimiento, e incluso la admiración, por el ex primer ministro exiliado Thaksin Shinawatra.

«Duele un poco, pero no es grave. Lo hago por nuestros hijos, por la democracia», se justifica Kumpong Wongchompu, una campesina de 61 años que ha recorrido 450 kilómetros para venir de Jon Kaen, en el noreste.

En esas remotas zonas rurales late el corazón de los partidarios de Thaksin, allí­ donde su polí­tica populista, su reforma de la asistencia médica y sus programas de microcréditos dejaron un recuerdo imborrable.

Thaksin, a quien que las elites de Bangkok ven como una amenaza para la monarquí­a y un incorregible corrupto y corruptor, es considerado, en su bastión, como el primer polí­tico que se interesó por «los de abajo».

Por eso se agrupan delante de médicos y enfermeras para dar un poco de sangre. Posan delante de los fotógrafos y las cámaras y levantan el puño en señal de victoria, a pesar de que algunos están a punto de desmayarse y se muestran nerviosos.

Otros dan prueba sobre todo de docilidad.

«Haré todo lo que me digan los jefes», reconoce Somsak Janprasert, de 63 años, jubilado de ferrocarriles. «Es una manera simbólica decir que nuestra sangre, la sangre del pueblo, es el poder».

Un poco más allá, bonzos budistas vestido con túnicas color azafrán dirigen las oraciones desde un escenario.

Algunos voluntarios distribuyen bebidas azucaradas y apósitos.

«Me dan miedo las inyecciones y no soporto ver sangre, pero lo hago por la democracia. Me gusta Thaksin, me gustan los «camisas rojas»», proclama Samrit Ruttapab, comerciante de 34 años, que se cubre el rostro con una mano mientras alarga el brazo a una enfermera.

Al lado de las tiendas, algunos duermen unos minutos en hamacas, en el suelo o en la plataforma de los camiones, en medio de una temperatura de por lo menos 35 grados.

Suda Rangkuporn, profesora de lingí¼í­stica de la prestigiosa universidad de Chulalongkorn, es uno de los escasos intelectuales que apoyan a los «camisas rojas».

«Es una innovación polí­tica», estima. «La sangre significa más que un color. La sangre es la vida, y la entregamos por la democracia. Estamos dispuestos a dar nuestras vidas por la democracia».

MANIFESTACIí“N Camisas rojas


Miles de «camisas rojas» hicieron cola hoy en Bangkok para donar cientos de litros de sangre que luego derramaron como «sacrificio» para reclamar la caí­da del Gobierno y pedir el regreso al poder de su héroe, el ex primer ministro en el exilio Thaksin Shinawatra.

Los manifestantes, que acusan al ejecutivo de dar la espalda al pueblo, esperaron pacientemente su turno desde primeras horas de la mañana para donar, según los organizadores de esta vistosa protesta, 300 litros de hemoglobina, sobre todo frente a la sede del Gobierno de Abhisit Vejjajiva.

«Esta sangre es una ofrenda de sacrificio, para mostrar nuestro amor por la Nación, para mostrar nuestra sinceridad», proclamó Veera Musikapong, uno de los lí­deres del movimiento.

Los manifestantes agitaban con orgullo las botellas llenas de sangre que transportaban los camiones bajo vigilancia de la policí­a antidisturbios.

«Si Abhisit se empecina, aunque no tenga sangre en las manos, la tendrá en los pies», advirtió por la mañana Nattawut Saikur, otro lí­der de los «camisas rojas».

El número de manifestantes, que el domingo fue de 100 mil como máximo, parecí­a decrecer este martes pero su objetivo -conseguir derrocar a Abhisit- seguí­a intacto.

Procedentes sobre todo de las zonas rurales del norte del paí­s, consideran ilegí­timo a Abhisit, un licenciado en Oxford que llegó al poder a finales de 2008 gracias a un cambio de alianzas parlamentarias.

Y se proponen quedarse en Bangkok hasta la convocatoria de elecciones anticipadas. El viceprimer ministro, Suthep Thaugsuban, estimó el martes que el movimiento podrí­a prolongarse seis o siete dí­as.

Pero Abhisit, de 45 años, se niega a dimitir. «No se puede tomar ninguna decisión entre el gobierno y los manifestantes ya que afecta a todo el paí­s», declaró.

El parlamento tailandés aplazó este martes su sesión por no haber podido reunir el número mí­nimo de diputados y de senadores debido a que la inmensa mayorí­a de ellos no quiso desplazarse por motivos de seguridad.

Los «camisas rojas» se echaron a la calle dos semanas después de que un tribunal decidiera confiscar más de la mitad de la fortuna de Thaksin, declarado culpable de abuso de poder cuando dirigí­a el gobierno.

Thaksin, un acaudalado empresario, fue derrocado en 2006 por un golpe de Estado y, según parece, reside en Montenegro.

Se trata de las manifestaciones más importantes desde las de abril de 2009, en las que murieron dos personas y otras muchas resultaron heridas. Pero esta vez, el movimiento de protesta rezuma alegrí­a y se desarrolla en un ambiente de júbilo.

Sólo sufrieron lesiones dos soldados el lunes por el estallido de granadas y no está claro que este incidente guarde relación directa con las protestas.

El Gobierno ha movilizado a unos 50 mil miembros de las fuerzas de seguridad en el interior y alrededor de la capital, y se atrincheró con el Estado Mayor castrense en el Undécimo Regimiento de Infanterí­a.

El lunes por la noche, el ministro de Salud, Jurin Laksanawisit, expresó reservas sobre la espectacular manifestación del martes.

Pero los organizadores respondieron que se utilizarí­an 60 mil jeringuillas nuevas. «Todos los que sacan sangre son médicos, enfermeras o personas cualificadas procedentes de hospitales privados o públicos», afirmó Veera.

Tailandia sufre una profunda división entre la población rural, partidaria de Thaksin, y las élites tradicionales de la capital, entre las que figuran la realeza, los altos funcionarios y los militares, quienes reprochan al ex primer ministro su populismo, su mercantilismo y su supuesta amenaza para la monarquí­a.