«Declaro que mi amor por mi país, muere conmigo.»
Francisco Morazán
Eran apenas unos muchachos; apenas unos cadetes. Inspirados por un militar diferente que buscaba la construcción de una verdadera democracia en el país, se llenaron de valor para accionar contra un ejército de mercenarios recién entrenado para socavar un proceso que intentaba garantizar una vida digna a la mayoría de la población.
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Con una estrategia mediática planificada desde el extranjero, apoyada por la más reacia oligarquía nacional y bajo la bendición de la jerarquía de la Iglesia Católica, se echó al traste con el proceso iniciado con la Revolución de Octubre de 1944. Durante diez años, desde el Estado se construyó un lenguaje diferente, en donde conceptos como «derechos laborales», «seguro social», «acceso a la tierra» y «reforma agraria», entre otros, ganaron terreno.
Pero luego, con la llegada de Carlos Castillo Armas al poder, el discurso del autoritarismo fue impuesto nuevamente y las palabras que construyeron una esperanza en varios sectores de la sociedad, fueron reprimidas para satisfacer los intereses de quienes expulsaron del país a Jacobo írbenz Guzmán y a la gente que le rodeaba.
Si algo enseñó el proceso democrático en Guatemala emprendido a mediados del siglo pasado, fue que la dignidad es un valor por el que hay que luchar. Por eso, a un grupo de cadetes no les pareció correcta la pasividad del Ejército ante el movimiento de la contrarrevolución organizado por la Central Americana de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) y, en una campaña que de antemano parecía descabellada, decidieron emprender un acción militar contra las huestes mercenarias comandadas por Castillo Armas que se encontraban en los campos del Roosevelt. Era el 2 de agosto de 1954, fecha insigne sobre la iniciativa, audacia y valentía de la juventud.
A los acontecimientos hay que valorarlos de acuerdo a su contexto. í‰sos, eran tiempos difíciles. Los contrarrevolucionarios iniciaron la cacería de todas las personas afines al gobierno de írbenz Guzmán. Acusados de comunistas (como si tal cosa fuera en realidad un delito) muchas personas terminaron en las mazmorras destinadas a los malhechores y los que tuvieron suerte, lograron salir al exilio.
La esperanza parecía muerta y aún más por los signos visibles de intolerancia que expresaba el nuevo gobernante, puesto a dedo para suplir a un gobierno electo democráticamente por la mayoría de la población. Por ello, el signo de la lucha y la resistencia del grupo de cadetes del 2 de agosto fue una intentona por devolver la dignidad a un Ejército y a un pueblo que había sido humillado.
Para algunos, la propuesta de construir una sociedad diferente, en donde las personas tengan la oportunidad de llevar una vida digna, puede ser pasajera o mera ilusión de la juventud. Sin embargo, hay quienes se salen de este marco de inoperancia y pasividad, y año con año demuestran que su lucha es permanente.
Así lo demostró Carlos Enrique Wer durante toda su vida. Formó parte de ese grupo de cadetes que no estuvieron dispuestos a no colocar la otra mejilla y, hasta el momento de su muerte, utilizó las herramientas que tuvo a la mano para proponer y trabajar por esa otra sociedad, que todavía hoy es necesario alcanzar.
Ayer me llegó la noticia de su muerte acontecida en Cuba. Ojalá y este momento no pasara desapercibido. Quique Wer es un buen ejemplo de resistencia ante la imposición de un sistema económico y social que nos despoja de la dignidad y nos la niega constantemente. Emprendió la lucha desde el 2 de agosto de 1954 y nunca más paró. Durante los últimos meses compartimos esta página en La Hora… Gracias Quique, por ser tan agradable vecino… ¡Gracias Quique, por el fuego!