Para entender los alcances del significado de la frase con la que titulo esta columna, es preciso tener a la vista que en la conformación de la sociedad guatemalteca, el rasgo esencial de la historia política del país ha sido el autoritarismo. Dicho elemento cual savia, ha alimentado todas las relaciones y especialmente la que suceden entre el Estado y la sociedad, de tal cuenta que es autoritario el primero como el segundo; y de ahí la comprensión por ejemplo, del carácter discriminador como lógica desde la que el Estado ha estructurado el poder, para decir una.
Ese talante autoritario filtró todo en esta sociedad sin dejar escapar ninguno de los vínculos sociales, sean relaciones entre padre e hijos, entre parejas, las relaciones laborales, entre maestro y alumnos, todo a su paso expone esa característica que implica absolutismo y despotismo. En este contexto la construcción de un Estado de Derecho como manda la fórmula democrática liberal, será ociosa si no se tiene a la vista todo el tiempo lo que subyace, la sombra permanente de una historia autoritaria, esa es una contradicción fundamental en la resolución social de este país.
Los rasgos despóticos se haya en cualquier rincón de la institucionalidad política, se los ubican en sus marcos normativos desde donde las leyes se imponen como camisas de fuerza y aseguran el carácter impositor, hasta los aparatos represivos del Estado como es el caso de los cuerpos de seguridad policial. La policía ha debido ser concebida a partir de los Acuerdos de Paz, como un mecanismo para la seguridad ciudadana, esto suponía la transformación del poder represor militar a la lógica del poder civil, pero el esfuerzo nunca tuvo posibilidad de éxito desde el inicio de su reconcepción, porque un andamiaje clandestino de seguridad le aseguró la vida a distintos cuerpos ilegales que permeó el cuerpo legal. Harán falta muchos esfuerzos y recursos para convertir a la policía como institución de seguridad ciudadana, y muchas generaciones pasarán antes que se recupere, o debo decir para que se construya, la noción en el ciudadano que un policía es en cierta forma como un bombero. Seguramente que este dilema tiene pensando aún a Hellen Mack si pasa de precomisionada a comisionada para el tema policial, porque lo que hay que desmarañar es de dimensiones en tiempo y espacio, que retrotraen el reto de concebir un cuerpo policial civil, al pasado autoritario y al presente fallido. Los límites de crecimiento y desarrollo del cuerpo policial son los mismos que los del Estado guatemalteco, pequeños, desnutridos y corruptos, pero esos también son los límites de la sociedad, he ahí la concepción de Estado como interrelación y no como ente separado. ¿Cómo aspirar a que un policía con un sueldo de hambre arriesgue la vida y no caiga tentado por los réditos del tumbe de drogas?
La policía ha hecho todo al revés de cómo se supone un cuerpo de este tipo debería hacerlo en una sociedad democrática. Sus ejemplares andanzas criminales y corruptas se recrean todos los días en la prensa, y la desconfianza que supone no tiene dudas. Ser detenido en las calles por una patrulla de este cuerpo paradójicamente implica temor e inseguridad, provoca actos desesperados como el de una amiga que recientemente fue detenida en su auto, y su reacción casi instintiva e inmediata fue enviarme un mensaje de texto al celular con el número de registro de la patrulla, «por si algo pasaba». Sobre este panorama tan desalentador concluyo alertando que el impacto del título tiene riesgosas implicaciones anárquicas, si no enderezamos el timón.