Desde la noche del martes ya me había anticipado a escribir el artículo de hoy en torno a la repentina destitución del Ministro de Gobernación, sin detenerme a pensar acerca de las inmediatas consecuencias, sobre todo porque presumía que el señor Raúl Velásquez se marcharía a su casa callada la boca, y sin sospechar que tras su remoción vendría el descabezamiento de la cúpula en la Policía Nacional Civil, y soslayaba que también fueron defenestrados de sus cargos los titulares de las carteras de Agricultura y de Educación.
El primero porque supuestamente está implicado en actos de corrupción, según versión oficial, y el segundo, por resolución de la Corte de Constitucionalidad, en vista de que el ex ministro Bienvenido Argueta, se negó a cumplir un fallo de la misma CC.
Esas dos destituciones provocaron impacto en la opinión pública, básicamente porque el presidente ílvaro Colom no se anduvo por las ramas para cesar en sus funciones al ex titular de Agricultura, tras tener conocimiento de su presunta participación en compras anómalas en ese ministerio de Estado. La intempestiva remoción del ex ministro Velásquez, empero, si vino a sacudir los ambientes políticos y socioeconómicos de la ciudad capital y otros centros urbanos, en vista de que se descubrió que Q20 millones desembolsados por el Estado a una empresa -aparentemente de cartón- para proveer de combustible a la Policía Nacional Civil terminaron en cuentas depositadas en bancos extranjeros, considerada una operación de lavado de dinero.
Pero las sorpresas y asombros provocados por hechos ocurridos en el Ministerio de Gobernación apenas se estaban mitigando, cuando en el edificio del Ministerio Público fueron capturados el entonces director general de la PNC, Baltazar Gómez, y dos encargados del combate al narcotráfico, de la misma institución, tras las pesquisas realizadas durante once meses por fiscales e investigadores del propio MP, la CICIG y el Ministerio de Gobernación.
En pocas palabras los máximos encargados de la seguridad pública, incluyendo al ministro de interior, uno de sus viceministro el mero jefe de la PNC y dos de sus colaborados inmediatos serían los culpables de cometer graves delitos, el primero de ellos en relación con actos de corrupción, y los otros por integrar un grupo clandestino dedicado al tráfico de drogas e incrustado en la PNC.
Es para dejarlo a uno perplejo, pese a que periódicamente se han hecho limpias en la Policía, pero por lo que se ve los que han llegado a sustituir a jefes aliados de narcotraficantes han resultado peor que sus antecesores, de manera que aumenta la desconfianza de la población hacia la PNC, aunque queda la vaga idea de que no todos los agentes y oficiales son una partida de malandrines.
Respecto a las airadas declaraciones del ex ministro Velásquez, quien lanzó severos ataques verbales contra el presente Colom, tengo la impresión de que son patadas de ahogado, sobre todo porque uno de los argumentos que esgrimió se basa en señalamiento de anomalías que diferentes columnistas y políticos de oposición han vertido en torno al programa. Mi Familia Progresa, como intentando quedar bien con los periodistas y con la valiente diputada Nineth Montenegro.
Sin embargo, no todo se ha dicho y conocido en torno a estas destituciones, fuera que queda en entredicho la capacidad o habilidad del presidente Colom en lo que atañe al nombramiento de sus principales colaboradores, fundamentalmente en el Ministerio de Gobernación pieza clave del Estado para brindan seguridad a los guatemaltecos y una grave falencia del actual Gobierno.
Espero que el periodista Carlos Menocal sea la excepción de la regla, para bien del país. Habrá oportunidad de comentar su nombramiento
(El analista Rumualdo Tishudo parafrasea a Joaquín Sabina: -Hay políticos y ex funcionarios que ni cuando mienten dicen la verdad.