Meme


La vida es la mejor maestra de la muerte. Algunos la conocen rápido, otros tienen que pasar por la amarga soledad de la vejez, cuando vemos como los seres queridos se alejan definitivamente de nosotros y los que aún quedan, también se alejan porque la misma vida les abre nuevos caminos, primero se van los hijos por sus rumbos y luego los nietos. Y nos quedamos sumidos en un desierto donde mueren las últimas emociones del espí­ritu, mientras nuestra estructura fí­sica se ha convirtiendo, poco a poco en algo inservible y estorboso, enterrado vivo en el olvido de todos. Somos finitos, pero vamos cabalgando entre penas, sufrimientos y a veces, sólo a veces, algunas alegrí­as.

Héctor Luna Troccoli

Desde antes comprobamos que no es a la muerte a la que hay que temer, sino a la vejez, que nos va diciendo muy despacio, lo que vamos perdiendo. Una dura un segundo y es para siempre, la otra, la vejez puede durar mucho y nos destroza alma y cuerpo con ensañamiento profundo. Los dolores no son sólo por lo que sufrimos en nuestra propia complejidad humana, sino por todos los ingratos momentos que sacuden nuestro entorno. Desde la muerte de nuestra madre y padre, un hijo, un ser querido, hasta la muerte de nuestra patria que son latigazos arteros en nuestro corazón.

El viernes 26 de febrero, allá en el cementerio de Antigua enterramos a Meme -el tí­o-padre Meme-, Ví­ctor Manuel Troccoli, para quienes no lo conocí­an y siento, como muchos otros que nos reunimos, que con él se fue una parte de La Antigua antañona, se fue un caballero exacto y completo, honesto a carta cabal, amigo y compañero de todos, humilde y siempre presto a defender a La Antigua en aquellos casos y situaciones que lo ameritaban.

Y no, como alguno pueda creer, ni Meme ni los Troccoli antigí¼eños somos de noble cuna o discriminamos a los demás. Mi abuelo era obrero de una escondida aldea de Italia, igual como una aldea quichelense o huehueteca, donde sus dos mil o tres mil habitantes se conocí­an y ayudaban.

Quizá por eso Meme comprendió bien su papel y lo desempeñó como lo hizo siempre a lo largo de su larga vida, rehuyó homenajes y a regañadientes aceptó algunos como la Legión de Honor de Francia, y el último, el pergamino que se puso a los pies de su féretro «Antigí¼eño ilustre» concedido por la municipalidad del lugar por su gran valor humano y no por su rancia nobleza que no la tení­a, en el sentido estúpido de las descendencias nobiliarias, como jamás la tuvo mi recordado abuelo que vivió trabajando en su almacén, como trabajó en su tierra natal.

Meme nunca se casó y se dedicó a sus ocho sobrinos, -dos de ellos ya lo habí­an antecedido-, y a su Antigua querida. Para sus padres fue el hijo más amoroso y dulce; para sus amigos, entrañable, sincero y fraterno; para sus dos hermanas, una de ellas mi madre, fue más que la definición del pariente cercano, fue el ángel de la guardia constante y fiel ante sus penas y dolencias; para mi padre fue su otro hermano y también una especie de padre joven. Sus amigos, que lo conocieron bien, supieron de su amistad sincera, como Abundio Maldonado, quien le dirigió unas palabras llenas de emoción. Su ataúd lo cubrieron las banderas de la Legión de Santiago y del Club Rotario de los cuales fue fundador así­ como de la Asociación de Amigos de La Antigua y otras más, desde las cuales luchó por su terruño. Tuvo el buen tino de nunca meterse en la polí­tica pese a que hubiera sido, con mucho, alcalde, diputado o lo que se le diera la gana y por el tiempo que quisiera, con lo que La Antigua hubiese sido mejor. Pero nunca quiso. El sabí­a porqué.

Definir a Meme cuesta, no fue un hombre común, tampoco perteneció a la nobleza que algunos con mentes resentidas, sólo la visualizan proveniente de un tí­tulo nobiliario que cualquiera puede comprar, y no de la honradez y la rectitud de todos los actos de su vida.

Descansa junto a mis abuelos como fue su deseo. Al momento de su entierro el cielo se nubló y cayó una ligera llovizna, quizá era el reflejo de los que sentí­amos que lo acompañamos bajo las jacarandas y los antigí¼eños que hoy perdieron más que a un hombre.

Adiós Tí­o Meme.