Caballeros… con el perdón de ustedes


He recorrido una buena parte del territorio de nuestro paí­s. Podrí­a decir, que con los años que he trabajado en el campo, con comunidades agrí­colas, cooperativas y comunidades mayas, he podido conocer y entender bastante la realidad que se vive en él. Pudiera decir, que la sensibilidad que he desarrollado a través de los años, está í­ntimamente ligada a ese trabajo. A esa comunicación establecida con los actores del trabajo que dí­a a dí­a se produce en todos los rincones de esta tierra del quetzal. Con ese esfuerzo por arrancar a la tierra su producto, que normalmente empieza muy temprano, aún antes de que amanezca. Más de una vez, tomé el café de tortilla quemada, preparada por la mujer campesina e indí­gena, en un fogón que empieza a preparar su fuego y calor, antes que el varón de la casa, se apreste, luego de beber el café y tortillas y con suerte «frijolitos» en ellas que sustenten el duro trabajo que representa el uso del azadón, hasta pasado el mediodí­a en que hay tiempo para sentarse un rato y dar tiempo para consumir, tamalitos o tortillas, con otro poco de café preparado para ese efecto desde la misma mañana en que el duro trabajo femenino se inicia.

Carlos E. Wer

De esa forma, pude no solamente recorrer territorios, sino extasiarme con la belleza con la que se adorna Guatemala. Con esa belleza de El Petén de ayer, cuando ingenieros del Ejército abrí­an brecha entre la tupida selva, cuando aún la voracidad por su riqueza maderera no habí­a aflorado en la agresiva deforestación que luego irí­a terminando poco a poco su enmarañada y tupida naturaleza. Con el chipi chipi cobanero, que llena de nostalgia a los mayores y que, también por el irrespeto a la naturaleza en la forma en que se administra, llevara a ese fenómeno de los bosques tropicales a alejarse de la ciudad que fuese fundada por Carlos V  y otorgado el apelativo de «Ciudad Imperial». De la cercana Chamelco, ciudad que viera nacer al héroe Juan Matalbatz y en cuyo parque se exhibe la escultura del «Cacique de caciques» del maestro Galioti Torres.

De las frí­a aguas de Las Islas en San Pedro Carchá y las más aún frí­as pero inmensamente refrescantes como las de Lanquí­n, para bajar a las azules y lí­mpidas aguas de Semuc Champey en donde los ojos se llenan de su hermosura. Y luego, como el torrente de agua, bajar, pasando por el rí­o Sebol, hasta las planicies que me llevaron hasta Fray Bartolomé. Y luego Boloncó para subir por San Luis para enfilar hacia Petén.

Llegar a Flores, cuando aún San Benito era un pequeño proyecto. Y enfilar hacia la «Chingada» en San Andrés Petén, donde conocí­ personas que aún hablaban maya. Y volver para llegar al rí­o Pasión y  remontarlo hasta el Altar de los Sacrificios,  y acompañarlos en su encuentro con el Salinas. O el viaje por el Rí­o Negro o Chixoy hasta su encuentro con el Salinas.

En contraste con las aguas de este rí­o, más al norte, el Naranjo corre hacia la frontera mexicana, dejando una sensación, no solamente de exuberancia sino de tranquilas y quietas aguas.

Cada lugar en la geografí­a de esta tierra nuestra dejó la impresión en mis ojos y en mi espí­ritu, que lleno de sus colores aumentó el amor que habí­a nacido en mi adolescencia. No puedo olvidar mis viajes por la región de Panzós, en donde desde San Julián, tomados de la mano pudimos ver crecer al rí­o Polochic. Ese valle hermoso, que al subir hacia Senahú, lugar de las nubes, adquiere una vista inolvidable. Como inolvidables fueron las enormes manos de un lí­der keqchí­ y sus lágrimas de impotencia ante el abuso de los terratenientes que habiéndose adueñado de sus tierras, los maltrataban… hasta que llegó la tragedia…

La región del Ixcán, con crecimiento sorprendente y peligroso. El tortuoso camino que acompaña al rí­o Azul rumbo a Jacaltenango en Huehuetenango, o trepar a lo alto de las piedras de Capzin y divisar a los lejos el Estado mexicano de Chiapas.

Recorrer y recorrer lugares, paisajes, pueblos, costumbres. Compartir petate y café. Aprender de la cultura ancestral de los hijos naturales de esta tierra. Recibir su solidaridad y hospitalidad, aún para compartir lo poco que puedan tener. Dolerme el alma al ver a niños aún que debieran de correr por sus campos en juegos infantiles. Juegos acompañados de piedras o de abalorios. Pedazos de madera o de escoba que se convierten por la magia de la imaginación en corceles poderosos conducidos por sus sueños. Sueños que al despertar de ellos se convierten en pesadas cargas de leña con la que comparten las necesidades de su núcleo familiar.

Por ello, por mis vivencias, por mi vida que ha transcurrido en buena medida entre sus esfuerzos. Entre su pesado e incomprendido trabajo, me llamó mucho la atención una noticia aparecida en Internet acerca de los paí­ses más holgazanes del planeta. Tuve la curiosidad de abrirla, ya que una buena parte nuestra racista población ladina está firmemente convencida de que nuestros problemas son derivados de la «huevonerí­a» de los herederos de esa magní­fica y admirada cultura… grande fue mi sorpresa, porque el primer lugar era ocupado por los Estados Unidos de América, seguido por paí­ses del primer mundo. No encontré en los primeros diez lugares que señalaba el estudio.

En estos lugares encontré siempre hombres, mujeres y niños trabajando, la mayor parte de esas veces, trabajando en condiciones inapropiadas y difí­ciles. Por eso mis amigos puedo decir con orgullo… ¡Caballeros, con su perdón, los huevones son ustedes!