Del porqué de mi mal humor


Hoy regreso de un viaje, corto, hacia el norte del paí­s: molesta, irritada. Tiempo perdido por un vuelo que se retrasa, una lí­nea aérea en donde no tienen la más mí­nima atención de avisarle a las y los pasajeros de un cambio de más de dos horas, un aeropuerto tipo iglú en plena selva tropical, carente de servicios mí­nimos para el viajero y el deja ví¹ de una parada de bus urbano al lí­mite, al momento de abordar el avión. Y claro, pasaje con precio en dólares e impuestos que no se sabe a dónde van. Por si esto fuera poco, algo más que va por el aire se posa en mi ojo derecho produciendo una inflamación similar a la de mi hí­gado luego de esta experiencia.

Claudia Navas Dangel
cnavasdangel@yahoo.es

Ayer, madrugo para llegar a tiempo al nuevo aeropuerto, ya con mi pasaje prechequeado, embarco mi equipaje y me dirijo a Banrural, una agencia con más de tres cajas, pero sólo un empleado, donde se consumen varios minutos en una cola enorme matizado por el frí­o de la mañana.

Después me encamino hacia el área de Migración, en donde encuentro nuevamente una larga cola, detenida a momentos por quienes, portando una camisa de una empresa importante, obvian este paso con el visto bueno de un empleado de esta área.

El tiempo transcurre, es la hora de abordar y por más que le explico eso a la funcionaria, oficial, policí­a o empleada, permanezco en el mismo lugar, mientras me hacen despojarme de todo, y me revisan dactilarmente sin uso de guantes. Mientras guardo  todo lo que me han desbarajustado, escucho las quejas de pasajeros quienes deben dejar en una caja perfumes, lipsticks, cremas y talcos.

Angustiada por el tiempo, corro por el gigantesco pasillo dejando a mi lado tiendas de Duty Free, espacios de comida rápida y gente adormitada. Llego a la puerta de embarque y me piden que camine a la pista para subir a la avioneta. En ese espacio hay tres, pregunto cuál debo abordar y en eso escucho un chiflido de un empleado de la lí­nea aérea, que cual animal bovino me llama a resoplidos y señas chasqueándome los dedos para que me apure, ¿cómo si fuera culpa mí­a el retraso? Ya dentro de la aeronave, como es usual, el espacio superior de mi asiento está lleno, la revista que va en la bolsa del sillón delantero tiene llenada la parte del entretenimiento y minutos más tarde, ya en el aire, me dan un vaso de jugo y una galleta petrificada. Cierro los ojos y recuerdo las paredes del aeropuerto vací­as, las gradas eléctricas sin funcionar y una bolsa ziploc como solución a la inseguridad de volar con un perfume en la cartera, «si tiene bolsita se lo puede llevar en su equipaje de mano».

¿Qué fue de ese dinero que dejó a escuelas sin presupuesto y niñas y niños sin refacción?, ¿quedó ahí­, aunque dónde, o en los bolsillos de otros que quizá jamás le harán compañí­a a Portillo en las frí­as noches de Fraijanes?