La Florida: Una propuesta de esperanza


«Tenemos que cambiar nuestras mentes, nuestros corazones, nuestro modo de producción y de consumo, si queremos tener un futuro de esperanza»

Leonardo Boff

Ricardo Ernesto Marroquí­n
ricardomarroquin@gmail.com

En abril de 2005, luego de tres años de ocupación y negociación con las autoridades del Gobierno, cuarenta familias de la Sociedad Civil para el Desarrollo de Colomba (Scideco), obtuvieron el tí­tulo de propiedad de la finca La Florida, ubicada en el municipio de Colomba, departamento de Quetzaltenango.

Desde entonces, este grupo de campesinos -hombres, mujeres, niños y niñas-, han emprendido un enorme esfuerzo por hacer productivas estas tierras dedicadas a la producción de café, cacao, banano y macadamia.

La labor ha sido ardua porque La Florida estuvo abandonada durante ocho años, pero sobre todo, porque las familias que ahora la trabajan no cuentan con los recursos económicos para hacerla productiva en su totalidad. Y es que el Estado les otorgó la propiedad, pero sin los fondos suficientes para hacerla funcionar.

Sin embargo, durante el último año, La Florida logró una producción de 500 quintales de café pergamino y, gracias a la conservación de las áreas boscosas de la finca, del cuidado de los nacimientos de agua, y de la no utilización de agroquí­micos, el café que se produce en ella es completamente orgánico. Además, se ha implementado un programa de eco turismo para visitantes y voluntarios que deseen colaborar en las actividades de las familias campesinas.

Eso es, precisamente, lo más interesante de la experiencia de La Florida. Cada una de las personas que trabajan en este lugar fueron mozos colonos de las fincas cafetaleras aledañas. La experiencia fue atroz, como lo es parada cada uno de los campesinos que deben dejar su vida entera en las tierras destinadas a la producción del café y la caña de azúcar, propiedad de los grandes finqueros: obligados a largas jornadas de trabajo sin ningún tipo de respeto por los derechos laborales y sin obtener el salario mí­nimo; ninguna oportunidad de desarrollo y acceso a los servicios básicos como la educación y la salud; remuneración inferior para las mujeres únicamente por su condición de sexo; explotación extrema de la mano de obra con la expresa prohibición de sembrar otro tipo de producto; condiciones miserables de vivienda.

Ante este sistema de finca que es capitalista, machista y racista, las familias de La Florida han apostado por la tenencia y el trabajo comunitario de la tierra. Cada familia tiene su propia parcela para que produzca en ella lo que necesita, pero la mayor parte del territorio es trabajado en conjunto para que las ganancias sean invertidas para una mayor y mejor producción, y para garantizarse un mejor nivel de vida.

El trabajo ha sido constante, y la lucha por la conservación del territorio es también un esfuerzo por mantener viva la esperanza de otro modelo de producción de la tierra que no esté basado en la explotación de las personas por unos cuantos que gozan de los beneficios de los altos precios del mercado mundial. El reto, es que el sentimiento de libertad del sistema de finca se traduzca en mejores condiciones de vida, con ganancias que permitan mejores viviendas, educación para la población infantil y para los jóvenes, una buena alimentación, vestuario y acceso a la salud.

Es penoso que el Estado no apoye estos modelos de producción basados en la solidaridad. Los grandes fideicomisos siempre son otorgados a los que más tienen, al mismo grupo de finqueros que se muestran reacios a una justa distribución de los recursos y de la riqueza. Y lo que es peor, el otorgamiento de los tí­tulos de propiedad de la tierra se realiza bajo el esquema del mercado, obligando a las familias campesinas a hipotecar su futuro y a perder la oportunidad de demostrar que en producción y trabajo de la tierra, son las que más saben.

Por ello, para tener otras experiencias como la de La Florida, es necesario un cambio en la institucionalidad agraria del paí­s, para que su objetivo no sea el privilegio de unos pocos, sino un verdadero desarrollo rural integral.