No puede considerarse como algo sorpresivo que Francia incluyera a nuestro país en su lista de paraísos fiscales porque es sabido que Guatemala tiene, de entrada, una de las tasas de tributación más bajas del mundo y, además, los controles son sumamente frágiles y en muchos campos inexistentes. Si vemos lo que ha expresado reiteradamente la Embajada de Francia aquí respecto al tema fiscal, tenemos que entender que hay congruencia entre lo dicho previamente y lo ahora publicado.
De hecho, bastaría el tema de la carga tributaria que es de las menores de todo el mundo para que nuestro país pudiera ser definido como un paraíso fiscal, pero a ello hay que sumar que existen otras condiciones que alientan y facilitan la evasión y que todo ello, sumado, nos coloca en ese penoso predicado. Una de las cuestiones que más preocupan a los franceses es la existencia de las sociedades anónimas con acciones emitidas al portador, lo que hace sumamente difícil establecer parámetros adecuados de fiscalización y control para el pago de impuestos. En otras palabras, no sólo es baja la carga, sino que, además, existen muchísimas facilidades para garantizar una evasión con sesgo de impunidad porque el sistema está hecho para alentar ese tipo de prácticas. En el caso de Francia, es un hecho que las inversiones de ese país no son tan importantes en Guatemala como para que nuestra economía resienta el que las empresas francesas pudieran retirarse en vista de las sanciones tributarias adicionales que se les aplicarán allá por virtud de sus operaciones aquí. Pero definitivamente la inclusión de nuestro país en esa lista de paraísos fiscales tiene efecto muy serio en el prestigio de Guatemala y dañará en general el flujo de inversiones. Los cínicos dirán que tras la publicación de la lista serán más las empresas que quieran venir a invertir aquí para beneficiarse de esas ventajas fiscales que las que dejarán de hacerlo, pero aún y si ello fuera cierto, lo único que estaríamos haciendo es ahondar nuestro agujero moral y eso es algo que nos urge evitar. Esa deshonra, de aparecer en una lista de paraísos fiscales, nos tiene que preocupar como sociedad y hacernos entender que hace falta una toma de conciencia colectiva para impulsar acciones que nos saquen de ese pobre predicado. Mejorar nuestra carga tributaria, ampliando la base, evitando la evasión y combatiendo el contrabando, son pasos fundamentales dentro de un pacto fiscal que se antoja ahora más urgente y necesario para todos. Ciertamente los menos escrupulosos pueden sentirse atraídos a invertir aquí, pero eso significa nada más que nos hundiremos más en la ya inaguantable corrupción pública y privada.