Arzú alza la voz para que se ahorre el agua


El cambio climático que virtualmente se está haciendo sentir en varios aspectos en todos o en casi todos los paí­ses del mundo provoca complicaciones en la vida de los terrí­colas.

Marco Tulio Trejo Paiz

El planeta en que actualmente vivimos como muriendo a pausas se encuentra bastante deteriorado por la mano del hombre. Los paí­ses desarrollados han enrarecido la atmósfera con sus industrias, con sus experimentos espaciales y con otros elementos contaminantes ¡Barbaridad de barbaridades! Los glaciares se están desmoronando. Se han puesto en guardia quienes gobiernan y los que son gobernados en los diversos continentes. En América, en Europa, en Asia y en las demás regiones del orbe cunde gran preocupación por lo que está sucediendo, pero hay Estados que se muestran retrecheros para participar en acciones orientadas a solucionar, en lo que realmente es posible, la preocupante situación que amenaza con causar la ruina total a la bola terráquea. En nuestro patio centroamericano -Guatemala-, ya comenzamos a tener, en estos dí­as estivales, el problema de escasez del agua potable, tanto en los centros urbanos como en los del área rural. La ciudad capital, por ejemplo, ya está padeciendo los primeros efectos de la sequí­a, y es que ha sido inundada por miles y miles de seres humanos. Como que los mortales ocupantes de la flamante «city» ya suman dos milloncitos o algo más. Puede decirse que se ha producido todo un fenómeno de superpoblación. La pobrerí­a, o sea la mayorí­a de habitantes, es la que más sufre las consecuencias de los insuficientes servicios vitales y propios de la vida moderna. Pero esa mayorí­a es muy prolí­fica. Las numerosas zonas capitalinas, sobre todo las que comprenden las fallas geológicas (léase «barrancos») están como a reventar, como a desbordarse más y más, poblacionalmente hablando. La gente que se hacina en sórdidos tugurios, muy peligrosos a la hora de los golpes telúricos y de los tremendos aguaceros se mantiene en constante zozobra y no hay modo de que se asiente en terrenos adecuados. El Alcalde municipal (o «metropolitano», como suele decirse rimbombantemente o «capitalino», como reduciendo la extensión superficial del municipio) ha hecho una exhortación al vecindario con el explicable y comprensible propósito de que se ahorre el agua potable que ha principiado a salir de los grifos como instilando; es decir, como cayendo de gota en gota. Es oportuna, atendible e indiscutiblemente conveniente para la comunidad de nuestro valle de lágrimas y «lagrimitas» lo que está recomendando el jefe del ayuntamiento, don ílvaro Arzú Irigoyen, quien, como podemos ver si recorremos por todos lados la urbe, incluida la caótica periferia, ha «rempujado» bien el carretón edilicio, al punto que, como considera mucha gente de los diferentes estratos sociales, podrí­a merecer otra andanada de votos en las urnas para seguir al frente de la comuna. Una manera de ahorrar el precioso lí­quido aquí­, en el más importante municipio de la República, es utilizándolo en los hogares racionalmente. No debe lavarse los «patas de hule» con mangueras, sino con trapos húmedos como hacen los modestos trabajadores que en las calles nos dicen «Â¿se lo lavo don?»; tampoco hay que desperdiciar el agua (una bendición de Dios) al hacerse bajo la ducha, al lavar trastos, ropa; al regar jardines, engramados,. arriates, etcétera. Y… ¡la municipalidad nos da el ejemplo en cuanto a lo que decimos!, especialmente respecto de la labor que realizan los conductores de camiones–regaderas o cisternas. No sólo en la capital debe procederse a usar el agua en la forma enunciada, sino también en los terrenos de la campiña, donde en invierno bien podrí­an hacerse lo que en Petén llaman «aguadas», principalmente para que abreven los ganados bovino, equino y porcino, los encantadores pajarillos y todos los demás animales domésticos. Pero como que tirios y troyanos son poco o nada previsores, y cuando sienten «en carne propia» la falta de agua, realizan medidas de hecho, vociferan, patalean, critican pungentemente a las respectivas autoridades y lloriquean como los sujetos que han empinado excesivamente el codo… Ahorremos todos el agua, no sólo en las ciudades, sino a la vez en los campos, porque los vaticinios son muy preocupantes. ¡Sí­, señores!