¿Hasta cuándo con los celulares?


Ayer se publicó una entrevista en Prensa Libre con el sociólogo Elfidio Cano del Cid, en la que abordó puntualmente el tema de la inseguridad y ese estado de ánimo que nos afecta a los guatemaltecos por la situación de violencia que vivimos. Decí­a Elfidio que todos nos pasamos la vida preguntándonos cuándo nos va a tocar la mala fortuna de sufrir uno de los tantos hechos criminales que ocurren en el paí­s.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Tiene absoluta razón el distinguido sociólogo, porque aquí­ no es cuestión de si nos pasará o nos tocará la chibolita, sino de cuándo hemos de sufrir las consecuencias de la dramática inseguridad. No hay familia que no haya sido ví­ctima de algún robo o que no haya sufrido amenazas o acciones directas en contra de alguno de sus miembros. Basta salir a la calle para enfrentar a la pandilla de ladrones de celulares que no vacilan en usar sus armas para matar a las ví­ctimas si éstas muestran el menor signo de oposición. Ladrones que saben que siempre hay demanda para la mercaderí­a robada que ofrecen con desparpajo en lugares públicos y que, además, las empresas de telefoní­a los activan sin mayores averiguaciones no obstante las prescripciones de la ley que pretendí­a impedir el robo de tales aparatos. Y que además saben que las probabilidades de que algún agente de la autoridad actúe para impedir su criminal actuación son francamente mí­nimas, como mí­nima es también la posibilidad de que alguien quiera ayudar a las ví­ctimas de un robo porque la mayorí­a de la gente prefiere no meterse a problemas sabiendo que los criminales no sólo andan armados, sino que son totalmente desalmados y por una bicoca, como al fin de cuentas es un aparato de esos, mandan a cualquiera al otro potrero. Pero aparte del riesgo, del daño que constituye el despojo en sí­ mismo, hay que reparar en el daño psí­quico que sufre la población que vive ya con el temor de que en cualquier momento puede enfrentarse a esos grupos de delincuentes que se amparan en el régimen de impunidad absoluta que prevalece en el paí­s. Somos, en ese sentido, un paí­s con una población profundamente enferma mentalmente por las angustias que representa el vivir con la constante inseguridad que nos plantea el descalabro que hay en nuestra Guatemala y que las autoridades no toman en cuenta porque para ellas, rodeadas de guardaespaldas y de impresionantes cí­rculos de seguridad personal, el tema resulta totalmente ajeno. Qué puede entender lo que es subirse a una camioneta y sufrir un asalto un presidente que, como dijo al tratar el tema de su salario, entiende como menoscabo a su dignidad el que alguien pueda pretender que viaje en un transporte colectivo. Que diariamente cientos de miles de trabajadores tengan que utilizar ese inseguro sistema para desplazarse es irrelevante y por ello es que no se ve que muevan un dedo para enfrentar el problema con sentido de urgencia. Yo personalmente sigo pensando que es crucial la apuesta por el combate a la pobreza y por ello pienso que hay que preservar los programas de cohesión social mediante la claridad en el manejo de los fondos. Pero no concibo como responsable a un gobierno que no atina a ver que también el tema de seguridad es crucial, en realidad vital, para una población tan agobiada.