Hace un mes, Haití presentaba las peores condiciones de vida de Latinoamérica: el 80 por ciento de la población permanecía por debajo de la línea de pobreza. A nivel general, el país tenía una deuda de 890 millones de dólares sólo a organismos internacionales. Y si las condiciones eran malas en la capital, cada año se empeoraba por la llegada anual de 75 mil inmigrantes del campo a la ciudad, porque en la zona rural las condiciones son peores.
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Pese a las paupérrimas condiciones, Haití no figuraba en la agenda mediática, lo cual cambió justamente hace un mes, cuando a las 16:53 horas un sismo de 7 grados en la escala Richter destruyó la capital, Puerto Príncipe, y los haitianos pasaron de ser los más pobres del continente a ser los más pobres del planeta.
La capital haitiana ya no es la zona de desastres de hace un mes, en donde los 230 mil muertos tardaron varios días en aparecer. No, al menos parte de la población empieza a recuperarse. Los comerciantes se lamen sus heridas mientras se reapertura su economía; las calles de la ciudad ha vuelto a ser invadida por el imposible tráfico vehicular, y más de alguno ya empezó a reconstruir su propia casa.
El olor a muerte ya pasó; los funerales dejaron de ser tan frecuentes. Sin embargo, la población, la mayoría aún en campos de refugiados, sabe que «lo peor» ya pasó, pero que «lo malo» tardará muchos años en irse.
LLUVIAS Y VIOLENCIA
A un mes del «cataclismo» que destruyó Haití, la pobreza no se hundió con el resto de la ciudad. Ahí sigue. Lo único que persiste es ese estereotipo que muestran los medios internacionales, que el haitiano espera por ayuda y, cuando ésta aparece, se agolpan para saquear y arrebatar la comida, las medicinas y la vestimenta, haciendo que la distribución siga siendo uno de los principales problemas del país.
Sólo la presencia de los boinas azules logra apaciguar a una población que tiene ya dos siglos de tener paciencia, y ésta se fue al demonio (o quedó sepultada entre los escombros) junto con las esperanzas.
Y, por si fuera poco, literalmente llueve sobre mojado, ya que las lluvias se adelantaron y cae sobre casi el millón de personas que acampan en jardines y plazas, y que ya está harta de la suciedad y la tristeza, pero que no sabe a dónde ir.
«Estamos ante una crisis mayúscula», dice un responsable de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU. «Hay más de un millón y medio de desplazados en todo el país, casi el triple del tsunami. Aquí la tragedia está concentrada en un solo país en el que las instituciones del Estado han desaparecido. No hay autoridad ni organización social alguna. Es necesario avanzar mucho en el reparto de tiendas antes de que lleguen las lluvias de marzo».
Pero el responsable se equivocó… las lluvias de marzo llegaron en febrero. «Se nos mojó todo (…) Aquí nadie distribuyó nada. Ni comida ni tiendas. No podemos seguir las instrucciones porque no hay electricidad ni radios. Nos sentimos abandonados», grita desesperado uno de los afectados, en medio del Camp de Mars, donde impotentes observan las estatuas de los héroes de la independencia, quienes ya no pueden liderar la reconstrucción de su pueblo.
¿Y PRí‰VAL?
Y es que precisamente faltan líderes. Para atender al millón y medio de víctimas, se estima que se necesitan dos millones de voluntarios internacionales para levantar sólo la ciudad. Y, el mandatario haitiano, René Préval, que se derrumbó junto a su país y a su palacio presidencial, lidera tibiamente la reconstrucción desde el edificio de la Policía Judicial, que permaneció en pie.
Se esperaba que para hoy participara en la misa masiva en conmemoración a las víctimas, y que ahí quizá despierte y sea más activo en la reconstrucción.
«Hay dos tipos de presencia, la mediática -en la que se besa niños y se camina por las calles- y la presencia en su despacho, trabajando por sus conciudadanos», se justificó Préval al ser consultado por su falta de liderazgo.
* Con información de agencias y servicios de Internet.