En los 200 años del nacimiento de Federico Chopin (1810-2010), Diario La Hora y esta columna rinden este homenaje en reconocimiento a su gran legado que dejo a la humanidad; como uno de los grandes compositores de todos los tiempos y con el sonido de Casiopea, esposa dorada, rocío de miel, en quien emprendió el alba su tatuaje de luz.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
En la historia de la música, la realeza de Chopin es una de las pocas que nunca se han discutido. Aquel ser tan débil, aquel enfermo incurable, aquel solitario de alma soñadora, tenía la complexión de un gigante.
En la cadena de montañas cuya cima fue Beethoven, se abrió un valle para él, solo y el nuevo aliento que le insufló animará siempre toda la música occidental. ¡Qué rejuvenecimiento aportaron al lenguaje musical sus hallazgos armónicos y cuántos artistas hubo permanecido en la sombra sin las posibilidades que él les ofreció de expresar de otro modo los sentimientos más misteriosos, más dramáticos o más exquisitos!
Liszt y Wagner no tuvieron más herramientas que el lenguaje de Federico Chopin y la escuela musical moderna lo recoge con devoción y lo enriquece.
Nadie como él había sentido todavía la magia de los acordes, el valor de su disposición y de su cercanía; nadie había poseído hasta ese punto el arte de las transiciones, la más difícil obra maestra de la poesía, como dijo Boileu. Ese genio providencial que nos deslumbra y nos encanta cambió el curso de la música, y ningún artista fue más capaz de conmover la sensibilidad humana hasta sus más hondos repliegues. Su vida, como hemos visto, no fue más que un singular combate librado por aquel ser «sublime y aniquilado» contra la tuberculosis, y cada obra acabada representaba una victoria obtenida sobre el bacilo de Koch, que nunca fue el hermano de la inspiración, como se creía en otro tiempo. Con frecuencia se ha tratado de buscar en qué medida la fisonomía de un gran artista reflejaba sus obras, y esta curiosidad ha llegado a descubrir algunas coincidencias impresionantes. La ancha frente de Beethoven y su musculatura tenían ya la pujanza de la Novena Sinfonía, la nariz aguileña de Berlioz, su mirada de extraños destellos, no desmienten La fantástica.
Pero en Chopin todo estaba hecho para desconcertar a cuantos les gusta entregarse a ese juego. La finura de sus facciones, la extraordinaria fragilidad de su persona, sus obras, que a veces son de una exquisita suavidad, la juventud de su inspiración siempre renovada, han hecho creer a muchos que el maestro no era más que una mezcla de mujer y de niño. Por el contrario, era un hombre en el más noble sentido de la palabra, estoico en el dolor, intrépido ante la muerte, un hombre por la altivez de su discurso musical, la fuerza de sus acentos, el furor de sus arranques, la ardiente sensualidad de su pasión. Son innumerables las obras creadas por músicos geniales, pero poquísimos los genios cuya aportación lingí¼ística han metamorfoseado el lenguaje musical. Pueden resumirse en seis: Bach, Mozart, Chopin, Fauré, Debussy, Monteverdi. Esos son los precursores que trazaron los nuevos caminos del vocabulario sonoro occidental.
Un Beethoven, un Wagner, no son menos grandes, pero les bastó para serlo el lenguaje de su época, lo que no les disminuye en nada. Sin embargo, no olvidemos jamás que sin los perfeccionamientos técnicos aportados al piano, la mayor parte o quizá la totalidad del genio de Chopin hubiera permanecido en la sombra. En toda la historia de la música no hay un ejemplo mayor para probar hasta qué punto el progreso de la técnica instrumental fecundó al genio. Chopin ni hubiera conseguido nunca tal riqueza de expresión sin la riqueza sonora y nuevamente conquistada del piano.