El Presidente de la República debía designar al nuevo Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República. Debía designarlo entre seis candidatos, propuestos por una comisión. El Presidente conversó con cada uno de ellos. Con inusual pasión analítica buscaba, en el mirar, el gesticular, el hablar y hasta el andar de cada candidato, un ansiado indicio de confianza suficiente. Uno de ellos le mostró, no un indicio, sino la confianza misma. El candidato le dijo, por ejemplo, que «ansiaba servir a quien, tan sólo por designarlo, sería su más grande benefactor».
Entonces el Presidente, con manifiesta emoción y calculada intrepidez, le propuso ser miembro de una sacra hermandad del partido oficial. El Presidente díjole: «Pertenecer a la hermandad es condición necesaria para que yo pueda designarlo Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República. Ser miembro de ella impone obligaciones, pero otorga derechos tan gratificantes, que las obligaciones son placeres. ¿Aceptaría usted ser miembro de esa hermandad?»
El candidato sonrió. El Presidente también sonrió. El candidato díjole así al Presidente: «Me honra la confianza que muestra tenerme; pero más me honraría ser miembro de la hermandad, porque entonces no sólo preservaría esa confianza, sino que tendría la oportunidad de servirlo.» El Presidente extendió el brazo, le propuso una mano fraterna, que se encontró con la mano trémula del agradecido candidato. Ambos intercambiaron miradas preñadas de profundo regocijo, y ansiosas de un misterioso beso fraterno. Y mientras el encuentro manual proseguía con ardiente intensidad, el Presidente díjole al candidato: «Los miembros de la hermandad han tenido que ser juramentados; y cada nuevo miembro tiene que jurar secretamente, según la función pública que ha de desempeñar. Usted tendría que jurar hoy en la noche. En el secreto acto de juramentación estarán presentes los miembros principales de la hermandad.» El candidato aceptó ser juramentado.
En el acto de juramentación, el candidato fue saludado con halagí¼eño respeto y amenazante solemnidad; y luego leyó un juramento que la misma hermandad había preparado. Dijo así el candidato: «Juro que no someteré a acción penal pública a ningún miembro de la hermandad, o a sus socios. Juro que si hay irresistible presión pública por investigar actos de un miembro de la hermandad, sólo simularé que investigo. Juro que, como parte de la simulación, jamás aportaré pruebas que demuestren que un miembro de la hermandad es culpable del delito del cual se le acuse. Juro, en fin, servir el interés principal de la sacra hermandad del partido oficial, como si fuera mi propio interés.»
En el día siguiente, fue designado Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República. Cumplió el juramento; por ejemplo, se esforzó por evitar que cualquier miembro de la hermandad fuera sujeto de acción penal pública.
Si era ya imposible evitar esa acción, optaba por generosas acusaciones; y procuraba la máxima escasez de pruebas presuntas, y entre esas pruebas prefería las que fuesen más refutables. Y periódicamente reuníase con su exclusivo elector, es decir, el Presidente de la República, para informarle sobre la persecución de enemigos y la protección de amigos.
Post scriptum. Designar al Jefe del Ministerio Público y Fiscal General de la República, es designar legalmente a un protector de los delitos que pueda cometer el Presidente de la República, o sus amigos, o los miembros del partido oficial.