Días antes de las elecciones generales de 1999 varios columnistas nos reunimos en un par de ocasiones con el entonces candidato presidencial Alfonso Portillo, a instancias de diputados que a la sazón militaban en el FRG y que luego fundaron la UCN.
  Obviamente, durante esos encuentros en restaurantes capitalinos abordamos asuntos referidos a su campaña de proselitismo, su plan de gobierno y a las suspicacias de los sectores populares y de la izquierda en general respecto su estrecha relación con el general Ríos Montt. Escuché con detenimiento sus propuestas, especialmente acerca de lo que realizaría en beneficio de los grupos de población más empobrecidos del país y su decisión  de combatir la corrupción gubernamental.
  Había conocido superficialmente al locuaz político años atrás, cuando él era representante del Congreso ante la Junta Monetaria y yo desempeñaba funciones de segundo plano en el Banco de Guatemala, de suerte que no estaba convencido de sus propósitos políticos, sobre todo porque después de haber militado en la izquierda se había ubicado en el derechista FRG.
  Sin embargo, después de las reuniones me incliné por la candidatura de  Portillo, sin hacerme demasiadas ilusiones; pero con la ligera esperanza de que el futuro gobierno iba a iniciar los cambios necesarios para romper con las añejas estructuras socioeconómicas del país, que, con excepción de la Primavera Democrática de los presidentes Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz, ha mantenido postrada a la inmensa mayoría de los guatemaltecos, sin acceso a la vivienda, la salud, los servicios básicos; en fin, en la marginación, la explotación y el olvido.
  A los pocos meses de haber asumido el poder político, el presidente Portillo dio muestras de que a su programa de trabajo anteponía su agenda personal y la de sus amigos más cercanos y que su anunciada lucha contra la corrupción durante el proceso eleccionario sólo había sido una falsa promesa, tan repetida por los políticos que le sucedieron en el mando. Una farsa más en el escenario del escarnio y la infamia de la sempiterna tragedia de los guatemaltecos sumidos en su propio artificio.
   Presumo que mi prematura desilusión no era solitaria. Imposible mencionar el número de guatemaltecos que, nuevamente, se sentían frustrados y engañados por alguien que, en un momento dado, representó la colectiva y ya para entonces resquebraja ilusión de todos aquellos que se volcaron a las urnas para depositar su voto a favor del candidato Portillo, pretendiendo hacer caso omiso del partido que lo postuló, y encandilados por la encendida oratoria que aseveraba su pasión por defender los derechos siempre postergados de los desheredados de la fortuna.
  El resto es historia reciente. Finalmente parece que la adormecida y casi moribunda justicia ha despertado de su prolongado y acomodaticio letargo, y al salir de su oscura noche de iniquidades puede que, asimismo, abra los cerrojos de las mansiones donde se encuentran disfrutando de las riquezas despojadas a un pueblo pobre, los que sucedieron a Portillo, para que también rindan cuentas al tribunal de la dignidad mancillada.
  Porque no es sólo Portillo el que ha estafado a Guatemala en la más vil de las impunidades. Hay otros muchos, de las mismas trincheras demagógicas que se enriquecieron durante el gobierno del FRG, pero también están los que en los antagónicos fortines del gobierno siguiente, esconden tras finos encajes y astutas maniobras la riqueza que amasaron con disimulo y astucia de clase privilegiada.
  Tampoco se debe olvidar a tantos funcionarios del actual régimen que se han enriquecido ilícitamente, a quienes también les llegará la hora de enfrentarse a la justicia.
  (El analista Romualdo Tishudo cuenta que cierto ex presidente le reclamó a un zacapaneco: -Me contaron que vos dijiste que cuando yo muera vas a venir a escupir mi tumba. -No; a mí no me gusta hacer cola).