Una fuga para la historia


En los próximos dí­as se escribirá hasta la saciedad de la aprehensión en Izabal del ex presidente de Guatemala, Alfonso Portillo Cabrera.  Cada uno recibirá la noticia según su propia sensibilidad y se dirán cosas diversas, desde que el zacapaneco era un corrupto, mendaz y politicastro de poca catadura, hasta considerarlo un genio en el arte de la sobrevivencia y un polí­tico digno de imitar.  A mí­ en lo personal me ha llamado la atención el tema de su fuga y posterior captura.

Eduardo Blandón

     En tal sentido mi memoria ha evocado tres fugas extraordinarias en las que, desafortunadamente para sus protagonistas, han terminado en captura y posterior encarcelamiento y castigo.  Tomemos como primer ejemplo el caso de Pompeyo a quien la historia describe con sus propias contradicciones.  Por una parte, como hombre de cualidades magní­ficas para la guerra, hábil en la organización de ciudades y lí­der indiscutible entre los suyos.  Pero a la vez lo descalifica por su inagotable sed de poder y amigo de la rapiña y del saqueo.  Su biografí­a lo condena: «En cierta ocasión regresó a Roma y fue perseguido por malversación de botí­n; sólo su compromiso con la hija del juez, Antistia le aseguró una rápida absolución».

     Pues bien, Pompeyo luego de luchar incansablemente por retomar el poder de manera absoluta (ya habí­a sido cónsul, jefe del ejército y hasta nombrado «imperator» en una ocasión), fracasa y tiene que huir en un barco buscando refugio en Egipto.  Va solo, apenas con unos cuantos fieles, guardaespaldas y Cornelia, su mujer.  La suerte no estará de su lado, Potino, el eunuco del rey Ptolomeo XIII lo manda a matar.  El historiador Plutarco lo narra así­: «Cornelia miraba ansiosamente desde su trirreme mientras Pompeyo deja el barco en un pequeño bote con unos pocos camaradas, taciturnos y silenciosos y se dirigí­a a lo que parecí­a ser un grupo de bienvenida en la orilla egipcia. Pompeyo se levantó para desembarcar, momento en que fue apuñalado hasta la muerte por sus compañeros Aquilas, Septimio y Salvio».  Esto sucedió después de su 59 cumpleaños.  La misma suerte correrá el Rey de Francia, Luis XVI.  Luego de llevar una vida licenciosa y exquisita, es defenestrado y obligado a huir por la noche (como sucede con este tipo de personajes).  La fuga, dice la historia, fue planeada y organizada por el conde sueco Hans Axel de Fersen, presunto amante de la reina.  Los hechos no fueron fáciles, hubo varias complicaciones que atrasaron el viaje, primero debido a que el carruaje de la huida era demasiado pequeño en opinión del rey -éste querí­a viajar en un carruaje digno de su condición-, y segundo, a causa de la larga espera que hicieron a las enfermeras y al estilista de Marí­a Antonieta, Leonardo, que la reina querí­a llevar consigo. Al final, se conoce la historia.  Los textos lo describen así­: «El Rey tuvo la mala fortuna de ser detenido, reconocido y arrestado en Varennes-en-Argonne en la tarde del 21 de junio. Los Guardias Nacionales le hicieron preso y las otras tropas presentes no hicieron nada para oponerse. Para cuando Bouillé llegó a Varennes, la cuestión estaba decidida y la familia real estaba de regreso a Parí­s, bajo vigilancia». El último caso, es el del Nicolae Ceau?escu, de quien la historia es parca en reconocer cualidades.  Su recuerdo está ligado a la sangre del pueblo, su odio a las masas que le adveraban y el poco escrúpulo en su vida ordinaria.  Pues bien, Ceau?escu se fugó en un helicóptero (no en barco ni automóvil), pero pronto fue capturado gracias a la complicidad de sus aparentes amigos.  Así­ se registran sus últimos dí­as: «El 17 de diciembre de 1989 Ceausescu, su esposa y dos colaboradores huyeron de la capital en un helicóptero. Llegaron a la residencia de Ceausescu en Snagov, de donde volvieron a partir en helicóptero, pero aterrizaron cerca de Targoviste porque las Fuerzas Armadas habí­an restringido los vuelos en el espacio aéreorumano. Luego de ser recogidos por un médico que los dejó en el camino alegando problemas mecánicos y un segundo automovilista a quien Ceuasescu afirmó que dirigirí­a una resistencia contra el golpe de Estado, el matrimonio Ceausescu fue arrestado por la policí­a en un control de carretera y entregado a los militares».  La detención de Portillo abre un nuevo capí­tulo a la historia de «los grandes» capturados en plena huí­da.  Sólo que en este caso nos falta más información para condimentar los hechos, ahora históricos, de la trama que aún no parece terminar.Â