Una imaginaria búsqueda de justicia


Mil veces ví­ctima habí­a sido de la injusticia, porque poderosos habí­an sido los acusadores, y corruptibles los jueces. Y alguna vez el tesoro repartido entre ellos muy generoso habí­a sido, y grandioso el festí­n que habí­an celebrado por el beneficioso veredicto final. Entonces decidió buscar la Justicia. Un dí­a de la estación primaveral, cuando habí­a reposado ya durante la noche, y cuando desde su lecho atisbó los primeros rayos solares, y escuchó el impreciso trinar de lejanos pájaros, emprendió la búsqueda.

Luis Enrique Pérez

Durmió en las riberas de fantásticos manantiales. Se bañó entre las espumosas aguas de sonoras cataratas. Se refugió en húmedas cavernas que quizá habí­an hospedado a protohumanos jamás sospechados. Se alimentó de exóticos frutos selváticos. Persiguió aves. Huyó de fieras. Trepó sobre colinas. Descendió a profundos precipicios. Perdió miedo. Ganó valor. Desde la cumbre de elevadas montañas contempló auroras que imponí­an la creencia en Dios, y divisó ocasos que invitaban a ser parte de una misteriosa unidad de todas las cosas. Y proseguí­a su búsqueda, y visitaba islas perdidas, aldeas remotas, pueblos anónimos, ciudades exóticas y urbes descomunales. Y preguntaba por la Justicia. Y nadie la conocí­a.

Una vez, en un perdido camino de una ciudad de la cual la más minuciosa cartografí­a nada notificaba, encontró a un niño sonriente, que parecí­a danzar con el ritmo de una música que sólo él podí­a escuchar. Le preguntó por la Justicia, y el niño, sin dejar de danzar y reí­r, señaló hacia un lago, cuyas aguas eran claras como el aire mismo. Caminó hacia el lago. Atisbó un muelle, en el que, sentado, meditaba un imperturbado barquero. Le preguntó por la Justicia. El barquero lo invitó a abordar su barca, y lo transportó hacia una lejana ribera del lago. Llegó a la ribera, y allí­ presintió una brumosa dimensión celeste. El barquero señaló hacia un magní­fico palacio, y se retiró.

Era un palacio construido de luz estelar y diamantino cristal, fecundo en mágicos destellos iridiscentes. En torno a él habí­a vastos jardines, cuya flora prodigiosa elogiaba la gloria del Supremo Creador. Llegó hasta la puerta majestuosa del palacio. La puerta se abrió. Mil guardianes, rí­gidos como estatuas, escoltaban la puerta, unos en el lado derecho, y otros en el lado izquierdo. Una mujer caminó hacia él, con paso suaví­simo como si evitara flotar, vestida con sobria indumentaria sacerdotal.

Y entonces comenzó, entre ambos, un diálogo que el eco se esforzaba por reproducir en los vastos y silenciosos recintos palaciegos. Dijo él: «Busco la Justicia. ¿Sabes dónde está?» Dijo ella: «La Justicia mora en este templo.» Dijo él: «Â¿Puedo conocerla?» Dijo ella: «Está allá, en aquel magní­fico y sacro altar.» Dijo él: «Â¡No tiene venda en los ojos!» Dijo ella: «Si la tuviera, no distinguirí­a entre justicia e injusticia.» Dijo él: «Â¡La balanza no está equilibrada!» Dijo ella: «Si lo estuviera, serí­a igual ser justo que injusto.» Dijo él: «Â¡No está en sereno reposo, sino en inquieto movimiento!» Dijo ella: «Si estuviera en sereno reposo, la justicia tardarí­a, y perderí­a su benefactora esencia.» Dijo él: «Â¡Pero lo que contemplo parece un sueño!» Dijo ella: «Es un sueño; pero no por ser sueño es inútil. Es un sueño valiosí­simo.» Dijo él: «Â¿Y qué hacer con ese sueño?» Dijo ella: «Cuidarlo para que jamás se extinga; y procurar que alguna vez sea preciosa realidad.»

Post scriptum. Debe haber justicia, aunque nunca la hubiera; y nunca debe haber injusticia, aunque siempre la hubiera.