Mil veces víctima había sido de la injusticia, porque poderosos habían sido los acusadores, y corruptibles los jueces. Y alguna vez el tesoro repartido entre ellos muy generoso había sido, y grandioso el festín que habían celebrado por el beneficioso veredicto final. Entonces decidió buscar la Justicia. Un día de la estación primaveral, cuando había reposado ya durante la noche, y cuando desde su lecho atisbó los primeros rayos solares, y escuchó el impreciso trinar de lejanos pájaros, emprendió la búsqueda.
Durmió en las riberas de fantásticos manantiales. Se bañó entre las espumosas aguas de sonoras cataratas. Se refugió en húmedas cavernas que quizá habían hospedado a protohumanos jamás sospechados. Se alimentó de exóticos frutos selváticos. Persiguió aves. Huyó de fieras. Trepó sobre colinas. Descendió a profundos precipicios. Perdió miedo. Ganó valor. Desde la cumbre de elevadas montañas contempló auroras que imponían la creencia en Dios, y divisó ocasos que invitaban a ser parte de una misteriosa unidad de todas las cosas. Y proseguía su búsqueda, y visitaba islas perdidas, aldeas remotas, pueblos anónimos, ciudades exóticas y urbes descomunales. Y preguntaba por la Justicia. Y nadie la conocía.
Una vez, en un perdido camino de una ciudad de la cual la más minuciosa cartografía nada notificaba, encontró a un niño sonriente, que parecía danzar con el ritmo de una música que sólo él podía escuchar. Le preguntó por la Justicia, y el niño, sin dejar de danzar y reír, señaló hacia un lago, cuyas aguas eran claras como el aire mismo. Caminó hacia el lago. Atisbó un muelle, en el que, sentado, meditaba un imperturbado barquero. Le preguntó por la Justicia. El barquero lo invitó a abordar su barca, y lo transportó hacia una lejana ribera del lago. Llegó a la ribera, y allí presintió una brumosa dimensión celeste. El barquero señaló hacia un magnífico palacio, y se retiró.
Era un palacio construido de luz estelar y diamantino cristal, fecundo en mágicos destellos iridiscentes. En torno a él había vastos jardines, cuya flora prodigiosa elogiaba la gloria del Supremo Creador. Llegó hasta la puerta majestuosa del palacio. La puerta se abrió. Mil guardianes, rígidos como estatuas, escoltaban la puerta, unos en el lado derecho, y otros en el lado izquierdo. Una mujer caminó hacia él, con paso suavísimo como si evitara flotar, vestida con sobria indumentaria sacerdotal.
Y entonces comenzó, entre ambos, un diálogo que el eco se esforzaba por reproducir en los vastos y silenciosos recintos palaciegos. Dijo él: «Busco la Justicia. ¿Sabes dónde está?» Dijo ella: «La Justicia mora en este templo.» Dijo él: «Â¿Puedo conocerla?» Dijo ella: «Está allá, en aquel magnífico y sacro altar.» Dijo él: «Â¡No tiene venda en los ojos!» Dijo ella: «Si la tuviera, no distinguiría entre justicia e injusticia.» Dijo él: «Â¡La balanza no está equilibrada!» Dijo ella: «Si lo estuviera, sería igual ser justo que injusto.» Dijo él: «Â¡No está en sereno reposo, sino en inquieto movimiento!» Dijo ella: «Si estuviera en sereno reposo, la justicia tardaría, y perdería su benefactora esencia.» Dijo él: «Â¡Pero lo que contemplo parece un sueño!» Dijo ella: «Es un sueño; pero no por ser sueño es inútil. Es un sueño valiosísimo.» Dijo él: «Â¿Y qué hacer con ese sueño?» Dijo ella: «Cuidarlo para que jamás se extinga; y procurar que alguna vez sea preciosa realidad.»
Post scriptum. Debe haber justicia, aunque nunca la hubiera; y nunca debe haber injusticia, aunque siempre la hubiera.