Señales


Las cabañuelas marcaban marzo en tiempo de ida y el pronóstico atmosférico no daba señas de un verano incandescente. El cielo estaba nublado, gris oscuro tirando a desconsuelo, y quizá eso fue lo que sugestionó a Lautaro y lo hizo quedarse en casa, buscar servicios a domicilio que pudieran proveerlo de comida, la necesaria, aunque era más cara. Escribió a la fábrica para que su pensión  fuera depositada mes a mes en una cuenta de un banco con opciones en lí­nea.

Claudia Navas Dangel

Amaneció en abril y lloví­a, esto lo asustó aún más y decidió llamar al número de aquel volante que habí­a aparecido en el parabrisas de su carro para que llegaran a impermeabilizarle el techo, sellarle las ventanas y proteger las paredes contra la humedad. Y es que los primeros 12 dí­as son transcendentales, ahí­ se definen los 353 dí­as restantes del año, lo habí­a aprendido de niño y luego comprobado a través del tiempo. Algo estaba mal, algo ocurrirí­a, alguna gran catástrofe tal vez, su pierna se lo advertí­a, ese dolor inmenso que trae consigo la lluvia se habí­a intensificado.

El dí­a nueve estaba convencido, no era posible que el viento soplara con tal intensidad que su ventana tronara. Cuando en enero se proyectó diciembre pensó en confesarse, en llamar a su hermano, en escribir sus memorias, en beberse ese coñac tan añejado.

Los meses vení­an de vuelta y el clima cambió violentamente, la temperatura subió, y con las ventanas selladas no tuvo más remedio que encender el auto y salir a comprar un ventilador potente, tres dí­as habí­an pasado y el jardí­n estaba seco, pensó en construir una cisterna para abastecerse de agua e incluso en aceptar aquella oferta de Valdivia de comprarle su casa, quizá serí­a mejor mudarse a un apartamento, en un piso intermedio, sin flores que regar, sin el sol directo, su refrigerador era muy chico y volvió de nuevo a la calle a adquirir uno más amplio.

Estaba mal, el mundo claro, esto era un anuncio, el fin estaba por venir. Vení­an los anuncios sobre la depredación de la selva, el calentamiento global, el descongelamiento de los polos y pensó en Nostradamus, en la Antártida, en la posible desaparición del Istmo. Por la tarde tembló. El volcán que observaba desde su ventana hizo erupción y en Juticalpa un pato y una gata concibieron un gapo, con la pezuña hendida y escamas. Revolvió el botiquí­n, y abrió ese viejo coñac.

Era el dí­a de Candelaria cuando sus vecinos lo encontraron en su viejo sillón color escarlata con un libro en la mano titulado Edda poética, de Snorri Sturluson. Estaba completamente desquiciado.