Con la apertura a juicio del escandaloso caso del robo de los 82.8 millones de quetzales al Congreso de la República, se conocieron los delitos que imputan tanto al señor Raúl Girón como al diputado Eduardo Meyer y, la verdad, da cólera darse cuenta que esos dos pillos tendrían que purgar penas realmente leves y luego salir para gozar del dinero mal habido, tal y como han hecho tantos en nuestro país, incluyendo banqueros que se clavaron el pisto de sus clientes.
Raúl Alfonso Girón Gálvez es procesado por los delitos de caso especial de estafa y lavado de dinero y otros activos, mientras que Arturo Eduardo Meyer Maldonado, por los delitos de incumplimiento de deberes, peculado culposo en forma continuada y omisión de denuncia. El mismo juez que ordenó la apertura a juicio no pudo ocultar su malestar por la benevolencia para tratar al diputado Meyer y con ello indudablemente reflejó el sentimiento de la población que tiene que mostrar indignación al darse cuenta que ese dinero del pueblo quedará para siempre en los bolsillos de los pícaros.
No disponemos de instrumentos legales para castigar adecuadamente a los ladrones y por lo mismo éstos se benefician con condenas leves que además pueden reducir acogiéndose a los procedimientos legales para lograr la redención de penas. Guatemala es el paraíso de los sinvergí¼enzas porque al final de cuentas pasar unos tres o cuatro años en la cárcel, sin estar junto al montón de reos sino en sectores especiales donde gozan de mejor trato, no es la gran cosa si a cambio uno puede gozar de sumas enormes como los millones que Girón y Meyer esfumaron de las arcas del Congreso.
En Guatemala nadie restituye lo robado y los largos pueden disfrutar del dinero mal habido y, de paso, gozar de la aceptación social porque ni siquiera la vindicta pública funciona como castigo. Es penoso ver cómo se pavonean oscuros personajes que han robado a diestra y siniestra y que con el mayor cinismo siguen figurando en los llamados círculos de la alta sociedad, acaso por aquello de que el dinero sigue siendo poderoso caballero.
El decrépito Meyer sigue en el Congreso sin mostrar siquiera el remordimiento que debiera, ya sea porque se benefició con el dinero robado o simplemente por haber sido tan idiota de no darse cuenta de lo que estaban haciendo bajo sus barbas. Cuesta creer, sin embargo, que alguien que fue Rector de la Universidad, Ministro de Educación y Presidente del Congreso haya sido tan tarugo como debió ser quien asumió por decisión propia el control absoluto de los recursos del Organismo Legislativo y no se percató de un movimiento de 82.8 millones de quetzales. Por largo o por imbécil, Meyer debió tener el elemental decoro de renunciar a su cargo.
En cambio, ha sido beneficiado con una acusación por delitos menores que le permitirán salir bien librado y hasta evitar la cárcel. El mensaje es terrible porque es la confirmación de que el crimen paga en nuestro país y que los largos salen siempre en caballo blanco. Con esos antecedentes se justifican aquellas expresiones de que baboso el que no roba, puesto que viviendo en un país donde no hay ley, donde el pícaro goza del dinero mal habido y hasta de fama, robar es un excelente negocio.