La vida es una sucesión de instantes. El devenir de los hechos nos da la apariencia de una ilimitada sucesión de instantes y por ello, en muchas ocasiones, no nos percatamos de lo valioso de cada instante a lo largo de nuestra vida.
wdelcid@intelnet.net.gt
Al iniciar el año y con él la segunda década de este siglo en la arbitraria cuenta de nuestro calendario vigente, he parafraseado la presente columna con el título de una pequeña obra de Jiddu Krishnamurti, quien afirma que «el ser humano en permanente búsqueda de seguridad, está atrapado entre el presente y el futuro, pero no sabe, no quiere afianzarse en lo que efectivamente es, el ahora». Este pensador nace el 11 de mayo de 1895.
«De sus palabras se desprende un profundo mensaje de amor y sabiduría, que no deja indiferente a quienes las reciben, destacan entre ellos personalidades de su época tan diversas como: George B. Shaw, Kahlil Gibran, Henry Miller, David Bohm; entre otros: Todos ellos se refieren en los más elogiosos términos a la persona de Krishnamurti; Aldous Huxley, quien llegara a ser amigo de éste, después de asistir a una de sus conferencias nos dice: «Fue lo más impresionante que haya escuchado nunca. Fue como haber escuchado un discurso del propio Buda, con tanta fuerza y autoridad en sí mismo.» Por cierto a Huxley se le atribuye la frase del «Lago más hermoso del mundo» en referencia a nuestro ahora enfermo lago de Atitlán.
Le traigo a colación, impactado de una lectura que me cautivó hace muchos años, en los primeros de mi vida laboral. De hecho ahondando en el título de esta columna quiero explicar que la obra arriba aludida responde a una trascripción de siete charlas públicas en las que aborda la idea de Dios, la mente y el pensador, el caos político y la crisis del mundo, medidas para evitar las guerras, importancia de la familia, mensaje para la juventud, la belleza, la religión, entre otros temas.
Y hoy que es mi primera columna de este año, quiero recordar como esa sucesión de instantes pudo haber llegado a su final para mi cuenta personal. En nuestro país, en esta época plagada de un desprecio permanente hacia la vida, de pronto es valiosa en sí misma la reflexión de la vida misma. La satisfacción de beber cuando la sed nos ahoga. Contemplar y disfrutar del encanto y la magia del instante que no se repetirá jamás. Es decir, la fantasía de la vida que no solemos apreciar, pues nos dejamos atrapar en la cotidianidad; en la rutina impuesta por el afán de buscar los elementos materiales que nos provean la sensación de bienestar.
La vida es en efecto una sucesión de instantes. Unos agridulces, otros manifiestamente amargos y los que nos llenan de plenitud, los mágicos y encantadores, los provistos de amor. Un amor intenso a la vida. Como escribiera Mario Benedetti: «Tu oído escucha estas palabras que nunca escuchó antes. Ni dije o pensé antes. El amor no es repetición. Cada acto de amor es un ciclo en sí mismo, una órbita cerrada en su propio ritual. Es, cómo podría explicarte, un puño de vida».
«Gracias a la vida, que me ha dado tanto», gracias a ti Ana Isabel, por tus cuidados y prodigiosa comprensión y amor.