«La igualdad debe significar que el ingreso no sea tan diferente que produzca distintas experiencias vitales de vida.»
Erich Fromm
Corre y va de nuevo. Como cada principio de año, la tan esperada noticia sobre la fijación del salario mínimo para actividades agrícolas, no agrícolas y de maquilas, por parte del Presidente de la República, no es una sorpresa. Con las amenazas y la actitud bravucona de los representantes de las cámaras empresariales y de sus intelectuales orgánicos como corolario, Colom fijó para el 2010 una remuneración de miseria para la clase trabajadora guatemalteca: para las actividades agrícolas y de la ciudad, el salario diario será de 56 quetzales, mientras que para las actividades de maquila, el salario será de 51.75 quetzales.
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A pesar del «orgullo» que le provoca, es vergonzosa la decisión del mandatario, ya que la última vez que aumentó el salario mínimo, el ex presidente í“scar Berger lo hizo en un 5.4% y un 5.8%. Es ridículo pensar que la diferencia entre el «gobierno de los empresarios» y el «gobierno de los pobres» sean dos puntos porcentuales en el incremento al salario mínimo. Pero igual o peor de vergonzosa es la actitud de la élite económica.
Según las estimaciones de los dueños del capital y de los sesudos análisis de los «libertarios», en este momento de crisis económica tampoco es buena idea incrementar el salario para las personas que diariamente «se rompen el lomo» para generar la riqueza del país.
La pregunta puede parecer trillada; acepto que es una ridiculez formularla a nuestra singular élite económica, pero… ¿cuándo, entonces, es un buen momento para incrementar el salario mínimo? Digo, porque aún en bonanza económica, dicen que lo mismo, que tampoco es buen tiempo.
Así, amenazaron con despidos, con un incremento en los precios de los productos de la canasta básica, con el fin de la inversión privada y con un aumento de la informalidad. ¿No es esto una especie de manipular a través del terror?
El sector empresarial organizado dice poco sobre su verdadera preocupación, sobre lo que le quita el sueño cada vez que se discute el tema del salario: sus ganancias; parece que los empresarios son inmunes a que se les fugue un solo centavo de sus bolsillos llenos.
Pero cuando sueñan, lo hacen con la flexibilidad laboral, esa nueva forma de explotación para la mano de obra de miles de personas y de la concentración de la riqueza. Sin prestaciones laborales, con salarios por productividad y con la entera libertad de despedir cuando se les dé la gana, la propuesta de los dueños del capital insiste en la denigración de la mayor parte de la población guatemalteca, a la que veda la oportunidad de una vida digna.
Es bien conocido que Guatemala es uno de los países más desiguales de América Latina y, a pesar de las intentonas por revertir esta situación con una Reforma Fiscal progresiva o un ajuste salarial para la clase trabajadora, por ejemplo, de acuerdo con informes de desarrollo, aún hoy el 62% de la riqueza se queda en manos del 20% de la población, mientras que el 20% de la población más pobre únicamente tiene acceso al 2.4% del ingreso nacional.
Los empresarios se escudan en los efectos de la crisis económica mundial que ha tenido fuertes repercusiones en la economía nacional para oponerse al aumento de los salarios. Sin embargo, poca es la información que las empresas presentan a la población sobre sus ganancias, al menos así lo señala el Informe «Guatemala: ¿Una economía al servicio del desarrollo humano?» del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
De acuerdo con este documento, y con estimaciones obtenidas a través de la Encuesta Nacional de Vida de 2006 (ENCOVI), cada trabajador recibió ese año, en promedio, entre 35 mil y 45 mil quetzales anuales por su trabajo, «mientras que cada empresa registrada como sociedad obtuvo en promedio más de 1.6 millones de quetzales como ganancia neta (y puede haber sido hasta 10.4 millones de quetzales) (…) Estas cifras pueden ser más o menos precisas, pero apuntan a una realidad inocultable: las profundas desigualdades que califican a la nación guatemalteca y la distancia que separa al capital del trabajo». Entonces, ¿es sólo un problema de generación de riqueza o se trata también de una avaricia extrema por parte de nuestros empresarios?