Cumplimiento de profecí­as bí­blicas


Cuando usted lea estos apuntes posiblemente estará agotado de visitar centros comerciales, tiendas de ropa, jugueterí­as, pacas y ventas en mercados informales en búsqueda de regalos para sus seres queridos, a quienes se los entregará hoy a medianoche cuando en la mayorí­a de los hogares cristianos de distintas denominaciones y confesiones se pretende celebrar el nacimiento de Jesús, aunque la presencia del pequeño niño muchas veces no se percibe porque lo oculta la sonrosada y regordeta figura de Santa Claus, Santa Clos o como se le quiera nombrar.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

   Pero a lo mejor usted sí­ está consciente de la conmemoración, y si es creyente se reunirá con su familia a recordar el acontecimiento trascendental de un nacimiento que partió la Historia, y  con gozo en su corazón y quizá con los ojos humedecidos elevará una plegaria de gratitud y alborozo, recordándole a los suyos el cumplimiento de las profecí­as veterotestamentarias acerca de lo que iba a suceder y efectivamente ocurrió hace alrededor de dos mil años en una pequeña población de Judea.

   Quizá usted recuerde esas precogniciones en el capí­tulo 9 del libro de Isaí­as: «El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, la luz resplandeció sobre ellos… Porque un niño no es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Prí­ncipe de paz».

   Mientras que el profeta Miqueas anunció: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los dí­as de la eternidad», que San Lucas confirma: «Aconteció en aquellos dí­as, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado? Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto que era de la casa y familia de David, para ser empadronado con Marí­a su mujer, desposada con él, la cual estaba en cinta.

    «Y aconteció que estando ellos allí­, se cumplieron los dí­as de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo acostó en un pesebre, porque no habí­a lugar para ellos en el mesón. Habí­a pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí­, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: «No temáis porque he aquí­ os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor?» Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de huestes celestiales que alaban a Dios y decí­an: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

    «Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a Marí­a y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les habí­a dicho acerca del niño? Pero Marí­a guardaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón». (Capí­tulo 2, versí­culos del 2 al 19).

  Tres décadas más tarde, enseñaba Jesús en la sinagoga de Nazaret y leí­a un pasaje del profeta Isaí­as: «El Espí­ritu del Señor está sobre mí­, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año agradable del Señor» (San Lucas 4: 18 y 19. Todas las citas bí­blicas de la versión Reina/Valera).

   Concluyo con las palabras del profeta Isaí­as (40:8): «Sécase la hierba, marchí­tase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre».