Cuando usted lea estos apuntes posiblemente estará agotado de visitar centros comerciales, tiendas de ropa, jugueterías, pacas y ventas en mercados informales en búsqueda de regalos para sus seres queridos, a quienes se los entregará hoy a medianoche cuando en la mayoría de los hogares cristianos de distintas denominaciones y confesiones se pretende celebrar el nacimiento de Jesús, aunque la presencia del pequeño niño muchas veces no se percibe porque lo oculta la sonrosada y regordeta figura de Santa Claus, Santa Clos o como se le quiera nombrar.
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  Pero a lo mejor usted sí está consciente de la conmemoración, y si es creyente se reunirá con su familia a recordar el acontecimiento trascendental de un nacimiento que partió la Historia, y con gozo en su corazón y quizá con los ojos humedecidos elevará una plegaria de gratitud y alborozo, recordándole a los suyos el cumplimiento de las profecías veterotestamentarias acerca de lo que iba a suceder y efectivamente ocurrió hace alrededor de dos mil años en una pequeña población de Judea.
  Quizá usted recuerde esas precogniciones en el capítulo 9 del libro de Isaías: «El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, la luz resplandeció sobre ellos… Porque un niño no es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz».
  Mientras que el profeta Miqueas anunció: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad», que San Lucas confirma: «Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado? Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto que era de la casa y familia de David, para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba en cinta.
   «Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: «No temáis porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor?» Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de huestes celestiales que alaban a Dios y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
   «Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño? Pero María guardaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón». (Capítulo 2, versículos del 2 al 19).
 Tres décadas más tarde, enseñaba Jesús en la sinagoga de Nazaret y leía un pasaje del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a predicar el año agradable del Señor» (San Lucas 4: 18 y 19. Todas las citas bíblicas de la versión Reina/Valera).
  Concluyo con las palabras del profeta Isaías (40:8): «Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre».