Ya hemos dicho algo en torno a lo que acontece respecto de las ingratas consecuencias del conflicto armado de las últimas décadas del siglo XX que virtualmente ensangrentó casi todas las regiones del suelo patrio.
Ese negro capítulo de nuestra historia ya debería olvidarse definitivamente a fin de labrar un futuro promisorio de paz verdadera y duradera, así como de progreso en los diferentes aspectos de la vida nacional.
Debe olvidarse ya, recalcamos, ese desgraciado suceso que segó la vida de más de 200 mil compatriotas civiles y militares y que, además, dejó enorme saldo de heridos, lisiados de por vida; también gran número de mujeres viudas y de inocentes niños huérfanos. Aún cunden la angustia, el dolor, las lágrimas, el luto y la pobreza en un sinfín de hogares, tanto de los ambientes urbanos como de los rurales del país.
El influyente matutino Prensa Libre publicó recientemente un episodio asaz patético en cuanto a la vida que les está tocando llevar en la Sierra de las Minas a desarraigados labriegos que huyeron a México por motivo de los «chisporroteos» protagonizados por dos bandos: El de los remicheros y el del ejército regular.
Los del bando castrense luchaban en defensa de la institucionalidad de la patria, y los subversivos con la intención de trastrocar esa institucionalidad. ¡Se «dialogaba» con las balas!
¿Y quiénes iniciaron el jueguito de los «cohetillos»? Bueno…, eso por sabido se calla, dirá Juan Pueblo.
Antes y después de firmarse los famosos «acuerdos de «pax» ha habido recriminaciones de unos y otros, pero lo real, lo cierto es que los tiritos no se lanzaban al aire, y ambos bandos, en sus acciones nada fraternas, no se arrojaban confeti con el que en los eventos festivos de sociedad expresan júbilo, simpatía, incluso amistad, sino se recurría a lo diabólico, a lo mortífero, a lo macabro.
Los políticos de determinada tendencia han aprovechado lo coyuntural del conflicto, ulteriormente, para dar difluencia a sus incursiones en las sombras de la noche o, asimismo, en plena luz del día: Pegaban y hacían las de Villadiego. Es así como sólo al que llaman «enemigo» le descargan el pesado fardo de la responsabilidad de los «muertecitos» y de casi toda la ingrata secuela de la fiesta brava?
Las cosas han sabido manejarlas a sabor y antojo, tendenciosamente, los demagogos de la politiquería, incorregibles andrólatras de dictadores y tiranos que pretenden implantar un imperio liberticida a la soviética. Y no pocos medios de comunicación de limitado y de ilimitado alcance, incluso algunos de reconocida influencia en los sectores que conforman la opinión pública nacional e internacional se habrán prestado, consciente o inconscientemente o como «sin querer queriendo», a semejante propósito que podría provocar otra gran guerra, la que, a lo mejor, sería la última por incendiar este mundo que nos está dando la impresión de encontrarse al borde del colapso
Hay, a la vez, otros insensatos que pueden estar pecando de parciales o de ingenuos como tontos útiles?
Cuando los periodistas hacen (o hacemos) honor al profesionalismo con la imparcialidad y con la ética, buscando la verdad en la maraña noticiosa y «tuteándonos» con la voluble diosa actualidad, pues?, francamente, indiscutiblemente, estamos en condiciones de dar al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.
En cambio, cuando campean las banderías políticas, entre otras que no encajan en el oficio, puede informarse y comentarse dando rienda suelta a la falsedad, a la parcialidad, o sea a lo que disuena de la misión de todo hombre de prensa que se precie de presentar todas las caras de la verdad.
Nosotros -conste- sostenemos la tesis de que nadie, sólo Dios, está en pleno dominio de la verdad.
El moderno sistema de comunicación social a toda escala (léase Internet) es maravilloso, pero infortunadamente está siendo utilizado por sujetos anonimistas, perversos, insidiosos, para vomitar sapos y culebras venenosas con derroche de impunidad hasta hoy, y de eso debe cuidarse la inmensa masa de televidentes que disfruta de lo que se dispara con las dosis de lo edificante, no para injuriar y calumniar antojadizamente, como por deporte, a instituciones y personas en lo individual, dignas de respeto.
Es imperativo, dentro de la misión de los periodistas (por supuesto de los bien calificados, no de los impostores) despojarse de todo lo que desnaturalice o tienda a desnaturalizar la realidad de realidades del diario acontecer con aviesas e indeseables descargas subjetivas sin fundamento. Debe procederse sin apasionamientos ni al influjo de intereses político-ideológicos de tipo totalitario del Caribe y del Sur?