Durante los últimos años los indigentes en Guatemala han venido aumentando tal y como se ve por las calles.
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Cuando voy por las mañanas a mi trabajo, veo con gran pena a muchos jovencitos y adultos acompañados de niños durmiendo en las calles e inhalando pegamento o alcohol de ese barato.
Un día de estos, unos policías con garrote en mano, obligaban a unos indigentes a retirarse de una propiedad privada que habían invadido para pasar la noche. Algunos de los más jóvenes amenazaban a los policías que habían sido mandados a cumplir con su trabajo. Se siente uno tan mal que esta pobre gente se encuentre en dicha situación, ya que como seres humanos no merecen vivir así.
Son pocos los estudios que conocemos sobre la solución a este mal que afecta a miles de guatemaltecos en todo el país. Recuerdo que hace algunos años leímos un pequeño documento donde decía que los indigentes eran consecuencia de la migración de pobladores a la capital. Pero ahora al paso del tiempo, esto ya no es consecuencia de dicha migración.
El desempleo y la violencia doméstica han originado que la depresión abata a muchas de estas personas, que tienen su historia que contar y que sumado a niños se han visto en la necesidad de dormir en las calles y andan pidiendo unos centavos para la droga barata o el mismo alcohol, que los lleva a una muerte en edad temprana cuando se alejan de sus hogares en la niñez o han sido abandonados.
El adulto indigente, es aquel que por muchas razones, siendo el desempleo una de ellas, busca escape en el licor y poco a poco se va quedando solo hasta llegar a un estado calamitoso que lo lleva a esta situación tan terrible y que lo vuelve una carga para la familia y la sociedad.
En los jóvenes que se vuelven indigentes, muchas veces la violencia doméstica es la culpable de que abandonen sus hogares, padres que les viven tratando mal y otros que son hijos de drogadictos y abandonan el hogar. El joven al no encontrar apoyo de una orientación, cae en los vicios más fuertes y el alcohol o las drogas lo llevan a convertirse en un indigente. Es una lástima, porque tiene el derecho como todos los hombres y mujeres a vivir todo lo que el mundo le ofrece de lo bueno de la vida.
Nosotros conocemos de un caso, de Chepe, un joven lavador de carros que se vino de Jutiapa en búsqueda de mejor vida, sin tener ningún familiar aquí en la Ciudad de Guatemala; empezó a buscar trabajo y logró conectarse en una panadería y durante algunos años conoció el arte de hacer pan, porque siempre hemos pensado que el pan es un arte, aparte del beneficio que trae como alimento.
Tiempo después Chepe se hizo amigo de un grupo de jóvenes que se «echaban» sus tragos, y algo peor aún, entre uno de ellos, había un tal José que vendía crack en el barrio El Gallito de la zona 3. Su actitud cambió y empezó a descuidar su trabajo, su aseo personal, logrando así que al fin lo despidieran de la panadería. Se dedicó a consumir crack y licor hasta que una mano bondadosa lo logró ingresar a una clínica de recuperación.
Cuando salió de dicho centro, se puso a lavar carros, allí fue donde me contó él su historia. Pocos años después me llevé la sorpresa de encontrarlo como indigente, le conocí porque me llamó por mi nombre, en esta ocasión el vicio ya lo había atrapado y ya no pudo salir de ese martirio. A lo sumo tendría unos 24 años.
En Guatemala hay personas altruistas que ayudan mucho a estas personas, lo mismo instituciones, pero falta mucho más para que salvemos estas vidas que merecen un mundo mejor.