Mis noches locas con Obama


Una vez a la semana, desde la Convención Demócrata de Denver, hace ya más de un año, duermo con Obama. No me interpreten mal, me acuesto con una camiseta en la que a su sonriente cara se une la leyenda «yes, we can». Hasta ahora, Obama siempre me habí­a satisfecho. Su semblante me ofrecí­a confianza y me garantizaba una noche tranquila. Sin embargo, las cosas han cambiado. De un tiempo a esta parte, damos vueltas sin parar en la cama, intranquilos y agitados. La turbación nos invade y nos dan las tantas sin que podamos pegar ojo. La cosa se está poniendo tan fea que estoy pensando en dejarlo guardado en el cajón de los í­dolos caí­dos.

Humberto Montero
periodista y analista polí­tico, hmontero@larazon.es

Puede que el 77 por ciento de los europeos valore positivamente la polí­tica exterior del presidente más mediático de la historia, pero su í­ndice de apoyo está por primera vez por debajo del 50% en su propia casa. Su predecesor en el cargo acabó con un 19% de aceptación en Europa, pero un año después de ocupar la Casa Blanca Bush superaba el 80% de respaldo entre sus conciudadanos gracias a su enérgica respuesta como Comandante en Jefe a los

atentados del 11-S. Es cierto que se trató de una situación excepcional. Sin embargo, la popularidad de Bush justo antes del 11-S era del 56% (según USA Today/Gallup) y la de Obama apenas llega al 48%. «Sus í­ndices han tocado tierra demasiado rápido», asegura con cierta satisfacción el encuestador republicano Whit Ayres. El elevado coste en empleos que ha generado una

crisis económica de la que EE.UU. parece comenzar a salir tí­midamente en el tercer trimestre del año está pasando factura al lí­der demócrata. De hecho, sólo el 43% de los estadounidenses respalda su gestión económica.

El lastre que arrastra está resultando demasiado pesado para las

expectativas de cambio meteórico que habí­a levantado. Los í­ndices de desempleo no dejan de crecer y han llegado al nivel más alto en 26 años (10,2%). Desde que arrancara oficialmente la recesión -en diciembre 2007- Estados Unidos ha perdido 7,3 millones de empleos y ya hay más de 15 millones de parados. Sólo en octubre casi 200 mil estadounidenses fueron despedidos. La sangrí­a continúa en todos los sectores salvo el de la automoción y en las zonas más deprimidas la cifra de desempleados supera el 25% mientras el paro entre los jóvenes alcanza el 40%. Buena parte de ellos -los nuevos electores fueron parte sustancial de la victoria electoral- confiaban hasta hace bien poco en la capacidad «mesiánica» de Obama para sacar a EE.UU. del pozo.

Los estí­mulos económicos han tenido por ahora nula incidencia en el mercado laboral. Si acaso han logrado detener el brutal ritmo de crecimiento en la destrucción de empleo.

Aunque Obama ya advirtió en sus primeras intervenciones presidenciales que la recuperación serí­a lenta y costosa, la mayorí­a de norteamericanos confiaba en que las cosas iban a estar mejor ahora que hace un año. La terca realidad está dejando un pozo de insatisfacción entre la población, que comienza a sentirse defraudada. Sobre todo los blancos.

Coincidiendo con el fracaso en el cierre de Guantánamo y el polémico proyecto de reforma sanitaria, Obama ha perdido unos 14 puntos entre los varones blancos. En su primer dí­a de mandato, el 44º presidente de EE.UU. firmó varias disposiciones para cerrar el presidio en enero de 2010, como se habí­a comprometido en campaña. Sin embargo, hace un par de semanas tuvo que reconocer que no podrá cumplir su promesa y admitió que no puede «marcar una fecha exacta» porque no depende de él sino del Congreso. La cuestión es que Obama no ha sido capaz de resolver por ahora donde reubicar a los 20 o 25 presos que no pueden ser juzgados por falta de pruebas o porque éstas están

invalidadas al haber sido obtenidas bajo tortura y que EE.UU. no quiere liberar por el riesgo que entrañan. Obama sopesa encerrarlos de forma indefinida de acuerdo como combatientes enemigos de acuerdo al derecho humanitario que rige en tiempos de guerra. El problema es que su traslado a territorio estadounidense choca con la negativa de los estados a acogerlos

en sus prisiones. A ellos y a los otros 200 que aún aguardan juicio.

Por su parte, la anunciada reforma sanitaria está chocando con más

obstáculos de los esperados. De hecho, apenas acaba de arrancar su debate en el Senado gracias al apoyo de dos senadores independientes, pero ni siquiera cuenta con el respaldo de todos los asientos demócratas. Los senadores moderados de Nebraska, Ben Nelson, Luisiana, Mary Landrieu, Arkansas, Blanch Lincoln, y el independiente Joe Lieberman no respaldarán el proyecto salvo que se modifique. Los 849 mil millones de dólares que serán necesarios los próximos diez años son un lastre demasiado pesado en tiempos de crisis a lo que hay que sumar la polémica «opción pública», que permitirí­a a la administración competir con las aseguradoras privadas en la asistencia sanitaria y que, según los más crí­ticos, no mejorará la prestación sanitaria ni reducirá sus costos.

El único gran logro de su primer año de mandato parece ser el premio Nobel de la Paz. Pero ni siquiera ha podido disfrutarlo tras convertirse -para la izquierda estadounidense- en el «nuevo presidente de la guerra» con su anuncio de que enviará otros 30 mil soldados a Afganistán en las próximas semanas. Irak es otra espina clavada que no logra arrancarse Obama. Anunció que todas las tropas saldrán antes de 2011, pero el calendario para la retirada gradual depende en gran parte de unas elecciones previstas para el 21 de enero y que es más que probable que vuelvan a retrasarse por el aplazamiento en la votación para modificar la ley electoral iraquí­.

Sus planes para reactivar el proceso de paz en Oriente Medio -otra de sus promesas- no sólo no han arrancado y su único logro es haber debilitado la relación con el aliado israelí­, que se siente defraudado por la presión de EE.UU. para que elimine los asentamientos en los territorios palestinos.

Tampoco funciona su polí­tica de mano tendida con Irán -que ha anunciado la construcción de 10 nuevas plantas para enriquecer uranio- ni con Corea del Norte.

Mientras, la reforma migratoria para sacar de la sombra a millones de indocumentados y los tratados de libre comercio con Corea del Sur, Panamá y Colombia -todos ellos aliados- duermen el sueño de los justos.