Umar Huyat, un residente de Peshawar, perdió a su hijo de 11 años, a un hermano y a un primo en un atentado suicida que mató a 125 personas en octubre en un mercado de esa ciudad del noroeste de Pakistán, pero su cólera no apunta a Osama bin Laden, el jefe de la red Al Qaeda, sino a Estados Unidos.
«Â¡Que los norteamericanos nos dejen tranquilos! Osama no es más que una cortina de humo para atacar a los musulmanes», afirma.
Los atentados que desde hace dos años desangran diariamente a Pakistán son cometidos en su mayoría por islamistas vinculados a la red Al Qaeda, pero nutren paradójicamente el resentimiento antiestadounidense, en el segundo mayor país musulmán del mundo.
Umar hurgó junto a numerosos voluntarios en los escombros del mercado, devastado el 28 de octubre por un kamikaze que hizo estallar un coche bomba en medio de una multitud integrada en su mayor parte por mujeres y niños. Primero encontró el cadáver de su hermano, luego el de su hijo Mohsin y finalmente el de su primo.
Los talibanes paquistaníes -que en 2007 proclamaron, al igual que Al Qaeda, la «yihad» (guerra santa) contra el gobierno paquistaní por apoyar la «guerra contra el terrorismo» lanzada por Estados Unidos- atacan de preferencia a las fuerzas de seguridad, aunque centenares de civiles figuran entre los 2.700 muertos de estos dos años y medio de atentados.
Pero los islamistas nunca reivindican la muerte de civiles, lo cual alimenta dudas y rumores: las teorías de atentados orquestados por Estados Unidos, Israel o India -considerados como enemigos acérrimos de Pakistán- o por los tres a la vez se propagan rápidamente por los SMS de los teléfonos celulares y los diarios no vacilan en hacerse eco de ellas.
En la pequeña tienda de su sobrino, en el centro del bazar de Peshawar, Umar clama: «Â¡Norteamericanos, acaben con ese juego, paren la guerra contra el terrorismo! ¿Cuántas vidas les hace falta aún para vengar a los muertos del World Trade Center? ¿Quieren destruir todo Pakistán?».
Gran parte de los paquistaníes considera que el terrorismo de su país es de «importación», debido principalmente al fracaso del objetivo de Estados Unidos de erradicar a Al Qaeda cuando invadió Afganistán a fines de 2001 para derrocar al régimen talibán, dejando escapar a numerosos islamistas hacia Pakistán.
Y desde hace dos años, los aviones sin piloto de la CIA y del ejército estadounidense, operados desde Afganistán, lanzan sus misiles contra blancos de Al Qaeda y los talibanes en las zonas tribales, provocando represalias con numerosas bajas civiles.
«Â¿Qué había hecho mi padre?», se pregunta con rabia Rashid Javed, cuyo padre y sus dos primos murieron el 28 de octubre. «Para mí, Estados Unidos, Israel e India están implicados en ese atentado», sostiene.
Según el rumor más en boga actualmente, retomado por la prensa nacionalista, centenares de marines estadounidenses o de mercenarios de la compañía norteamericana Blackwater se infiltraron en las zonas tribales paquistaníes para llevar a cabo los trabajos sucios de la CIA.
«El antinorteamericanismo cala hondo, a causa de la política oscura de Estados Unidos en la región desde la invasión soviética de Afganistán» a fines de los años 70, afirma Rahimula Yusufzai, un experto en cuestiones relacionadas con las zonas tribales.
Según Yusufzai, Estados unidos paga por haberse desinteresado de la región tras la partida de las tropas soviéticas en 1989, dejando de brindar asistencia a través de Pakistán a los muyaidines afganos, que fueron desplazados paulatinamente por los talibanes.