La semana anterior, platicando con un grupo de amigos, uno de éstos despotricó en contra de un médico de la Policlínica del IGSS, porque, según su parecer, este facultativo es sumamente hostil con los pacientes.
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Aunque yo no he tenido necesidad de acudir a esas clínicas, por la experiencia de mi mujer me he enterado que ella recibe un tratamiento muy correcto, tanto desde el punto de vista puramente personal, como por los medicamentos que le recetan a causa de sus padecimientos, de manera que si no fuera por el IGSS tendríamos que destinar sumas de dinero que nos parecen elevadas en el contexto de nuestro modesto presupuesto familiar, al margen de que hace dos años fue intervenida quirúrgicamente en el Hospital de Accidentes de la institución, y durante el tiempo que estuvo internada pude observar el esmero y la delicadeza de todo el personal.
Sin embargo, los médicos y sus secretarias de la Policlínica de la 17 calle, son lo más expuestos a las críticas de los afiliados, por la falta de tacto para tratar a los pacientes ambulatorios; mientras que todo lo contrario ocurre en el Centro de Atención Médica Integral para Pensionados (CAMIP), en Pamplona, como lo pude comprobar cuando acompañé a un amigo mío a realizar sus gestiones para obtener su nuevo carné e inscribirse como paciente.
De entrada, un muchacho veinteañero, pulcramente vestido y rigurosamente afeitado y peinado, nos dio la bienvenida inquiriendo en qué nos podía servir. Una vez que le explicamos el motivo de nuestra presencia en esas instalaciones que, por cierto, están siendo remodeladas, nos acompañó a las oficinas donde mi amigo debería realizar el proceso respectivo.
Allí mismo, una gentil señora, Licenciada en Trabajo Social, nos condujo a una sala en la que deberíamos esperar poco tiempo cómodamente sentados, en tanto que otros empleados terminaban de realizar los trámites del caso a diferentes afiliados. Cuando una de las señoritas se desocupó, la trabajadora social guió a mi amigo hacia el lugar indicado, a fin de proceder al trámite de rigor. Esta señorita, que también demostró cortesía, al agotar su labor con mi amigo le indicó que pasara a otro cubículo -para designarlo de un modo- donde un joven, igualmente afable, procedió a tomarle la fotografía a mi compañero. Luego, la misma trabajadora social le señaló a mi amigo lo que debía hacer, encaminándolo a otra oficina, en la cual también fue atendido con esmero y respeto.
En vista de lo descrito, pienso que las autoridades del IGSS podrían aplicar la misma calidad de cordialidad del CAMIP a otras dependencias del Instituto, reeducando al personal en lo que atañe a la atención amable al afiliado o pensionado, que bien se lo merecen.