En 1997, en Japón se suscribió el Protocolo de Kyoto que entró en vigor en 2005 y que supuestamente obliga a 37 de las naciones industrializadas a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en por lo menos el 5.2 %, respecto a los volúmenes registrados en 1990; pero Estados Unidos, que es el país que más efectos provoca en el cambio climático, se ha negado a ratificar ese convenio, de manera que, en la práctica, ha sido inoperante, porque igual posición han asumido China Popular y otras potencias.
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Los países que ratificaron el Protocolo de Kyoto intentarán fijar nuevos compromisos de reducción de emisiones contaminantes; durante la Conferencia que sobre el calentamiento global se realizará a partir del próximo lunes 7 en Copenhague; pero Estados Unidos se muestra remiso a aceptar un compromiso concreto de inmediato, de suerte que el encuentro a celebrarse en la capital de Dinamarca no despierta mucho entusiasmo.
Mientras que la mayoría de los países que acudirán a la cita en Copenhague  tienen el propósito de buscar mecanismos que obliguen a las naciones industrializadas a reducir la emisión de gases, mediante la suscripción de otro convenio, Estados Unidos y otros miembros de la Convención de la ONU sobre Cambio Climático, proponen discutir un plan de acción aparentemente más amplio en materia de calentamiento global, que podría considerarse como un subterfugio para evitar adquirir compromisos serios y determinantes.
Como se ha observado en otros temas de importancia, tal la nueva ley de inmigración, que se ha ido posponiendo reiteradamente, el presidente Barack Obama no cuenta con la autoridad y el poder necesarios para que Estados Unidos se adhiera a un renovado convenio encaminado a reducir la emisión de gases de efecto invernadero, porque se encuentra atado a la voluntad de representantes y senadores del Congreso norteamericano, muchos de los cuales con enormes intereses en los emporios industriales que causan grave contaminación ambiental, independientemente de que sean legisladores demócratas o republicanos.
Con un optimismo que carece de sustento, Matthew Berger, corresponsal en Washington de la agencia de noticias IPS, asevera que el hecho de que Estados Unidos no cuente con una legislación integral en materia de emisión de gases, no marcará una diferencia significativa en el éxito o fracaso de las negociaciones en Copenhague, porque hay otras razones para lograr algo en la reunión mundial, aun sin que los delegados norteamericanos lleven consigo un mandato legislativo en lo que respecta a la reducción de emisiones, porque esa nación «sólo es parte de la Convención de la ONU sobre Cambio Climático». Sí; pero es el país más poderoso, influyente y el que genera más emisiones de gases.
Debe recordarse el compromiso del entonces vicepresidente Al Gore con el Protocolo de Kyoto, suscrito por el presidente Bill Clinton y el fracaso posterior ante un Senado hostil a ratificarlo, coronado posteriormente por la decisión del mal recordado presidente George W. Bush de retirar la firma que su predecesor había estampado en el convenio que tantas esperanzas levantó en el mundo, especialmente en los países subdesarrollados, los que más padecen y sufrirán en el futuro mediato e inmediato los efectos del cambio climático, especialmente los grupos humanos más empobrecidos.
Como consecuencia de la renuencia de Estados Unidos y de otras naciones industrializadas de comprometerse a reducir la emisión de gases contaminantes, los países africanos se retiraron de las negociaciones de Barcelona, siempre en temas relacionados con el calentamiento global, a principios de este mes, y de ahí el escepticismo sobre la reunión en Copenhague.
(De visita en USA, el ambientalista Romualdo Tishudo le dice a un californiano: -¡Qué mañana tan hermosa! El engreído oriundo de Sacramento replica: -Gracias ¡se hace lo que se puede!).