Van a pasar muchos años, incluso siglos, para que los políticos lleguen a olvidar aquella célebre frase de Abraham Lincoln: «-se puede engañar a alguna gente todo el tiempo. Se puede engañar a toda la gente durante algún tiempo. Pero «no se puede engañar a toda la gente, todo el tiempo…» Estoy seguro que cientos, si no miles de políticos han tenido que refrescarla en su memoria para no cometer torpezas, que tarde o temprano tendrán que pagar con las más duras consecuencias. Las actitudes y el comportamiento de «Mel» Zelaya cuando pretendió violar las normas constitucionales de su país con el fin de reelegirse, sirvieron para demostrar una vez más la sapiencia del mensaje de Lincoln y sobre todo, hizo recordar a los políticos del mundo, incluso a los de Guatemala, que más vale pensar dos veces aquellas decisiones contrarias a la legislación vigente, como las que pretenden pasarse de listos.
Las elecciones generales llevadas a cabo en el vecino país el domingo pasado, demostraron que el llamado «golpe de Estado hondureño» no se produjo por la sola voluntad de «gorilas militares» o «las fuerzas oscurantistas de la derecha recalcitrante», lenguaje que acostumbran emplear tantos demagogos como oxidados izquierdistas, sino que fue una acción firme y enérgica de gente trabajadora, honesta y decidida a dejar de ser la masa indiferente o contemplativa de siempre, a pesar de estar apreciando burdas intenciones para violar normas claras y contundentes.
No voy a cansar a mis pocos lectores con repetir en este comentario las reiteradas mentiras de Zelaya, las que tuvimos que aguantar a través de los servicios de comunicación bien orquestados para el efecto. Baste recordar brevemente sus ínfulas de que el pueblo lo iba a llevar en hombros para restituirlo en el poder al nomás poner un pie en suelo catracho. ¿Y qué me dicen de aquella amenazadora advertencia de que a su primer grito de rechazo al proceso electoral lo iba a detener con el apoyo incondicional de su pueblo porque masivamente se negaría a concurrir a las urnas el día de las elecciones? Aunque usted estimado lector se resista a creerlo, Zelaya fue un gran educador que merece un premio internacional como reconocimiento a sus méritos pedagógicos a favor de eliminar de una vez por todas del diccionario de la lengua española el término «politiquería», práctica que por enésima vez no dio el resultado esperado para burlar la voluntad popular, aunque nunca faltará más de algún obcecado que, como Efraín Ríos Montt, también recibió en Guatemala a la hora de llegar a las urnas similar respuesta de quien él llamaba SU pueblo. Claro, falta todavía ver qué van a decir los fans del presidente venezolano y las organizaciones que representan a gobiernos títeres y no a los pueblos que, realmente con espíritu democrático desean que se respete plenamente su soberanía.