Inseguridad en el eje de la campaña electoral


Polí­tica de mano firme, cero tolerancia, mayores penas, son algunas de las consignas que saturan la propaganda electoral en Costa Rica, donde, agobiados por el auge de la delincuencia y esperanzados en un cambio, los ciudadanos escogerán un nuevo gobierno el 7 de febrero próximo.


«Voy a tener mano firme contra la delincuencia, no voy a tolerar alcahueterí­as porque el que la hace la paga», sentencia con gesto severo el candidato ultraliberal Otto Guevara, en un spot televisivo que transmite la televisión local.

En el anuncio aparece un hombre que va por la calle sin más prendas que el calzoncillo y, ante el asombro o la recriminación de los demás, explica que esa es la única forma de no ser asaltado y despojado de sus pertenencias.

«Usted ya no tendrá que andar «chingo» (desnudo) por la calle», promete el aspirante.

Laura Chinchilla, candidata del gobernante Partido Liberación Nacional (PLN, socialdemócrata) y favorita para ganar los comicios, según las encuestas, explota su experiencia de ex ministra de Seguridad Pública como una garantí­a de dureza.

«Seguridad es castigar al delincuente con firmeza y autoridad… no les tengo miedo a los delincuentes y voy a enfrentarlos con decisión», proclama Chinchilla en uno de sus cortos publicitarios.

La candidata dice que aumentará el número de policí­as, mejorará su salario, les dotará de mejores equipos y de entrenamiento adecuado para detener la ola de delincuencia.

Y Ottón Solí­s, candidato del Partido Acción Ciudadana (PAC, centro), propone «incrementar las penas y poner penas a hechos que hoy dí­a no son castigados con cárcel», en referencia a los llamados delitos de menor cuantí­a.

El candidato del principal partido de oposición en la actualidad afirma que «tenemos que hacer más cárceles para que los delincuentes estén donde deben estar y no en la calle».

Tanto Solí­s como Chinchilla matizan posiciones en sus respectivos programas de gobierno o en foros más o menos cerrados, reconociendo que el delito tiene un origen social y que combatirlo es algo mucho más complejo que tener mayor número de policí­as o aumentar las dosis de represión.

Sin embargo, la propaganda masiva de todos los partidos trata de estar a tono con el sentimiento del ciudadano común, que clama por medidas más enérgicas para frenar la criminalidad y la violencia creciente que se apodera de las calles.

Una encuesta reciente de la empresa Unimer, revela que para un 27% de la población, la inseguridad ciudadana es uno de los problemas más importantes del paí­s, contra sólo el 16% que tení­a esa opinión a mediados del año pasado.

Y esta percepción parece ser algo más que un fenómeno de psicologí­a de masas: cifras oficiales revelan que el pasado año murieron 435 personas de forma violenta, un 25% más que en 2007 y la tasa de asesinatos pasó de 7,5 a 11 por cada 100.000 habitantes, la más alta de la historia.

El Informe sobre el Estado de la Nación de 2009, preparado por expertos de cuatro universidades estatales y dado a conocer hace diez dí­as, señala que los casos registrados de personas ví­ctimas de la violencia pasó del 15% al 28% en una década.

Además, asegura que sólo un 23% de los casos de robo, asalto y otros delitos contra la propiedad es denunciado a las autoridades, ya sea por miedo a represalias o porque las ví­ctimas consideran que no habrá investigación ni persecusión de los culpables.