Cuando estaba en campaña y en oposición, el actual Presidente expresó varias veces la necesidad de regular y transparentar los gastos públicos y de manera muy concreta los fideicomisos cuya naturaleza ha sido desvirtuada para facilitar la corruptela, pero las críticas a la mala práctica administrativa que fomenta la corrupción era apenas un discurso de campaña porque desde que asumieron el poder, los fideicomisos siguen sin control y lejos de eso, se ve que no hay ningún interés real por resolver el problema.
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Es más, lejos de que el gobierno se perfile como uno que busca la probidad, nuevos escándalos como el que surge de señalamientos que la misma Intendencia de Verificación Especial de la Superintendencia de Bancos hace respecto al manejo millonario de cuentas de una sobrina de la esposa del Presidente empañan más el panorama. Y es que si la Superintendencia, que está bajo la dirección de un miembro prominente del partido de gobierno, no pudo dejar de actuar dada la magnitud del probable lavado de dinero, ya nos podemos imaginar cómo andan las cosas y el tamaño de la corruptela.
La verdad es que la crisis institucional es enorme y al final de cuentas favorece a la corrupción. Por ello es que quienes pregonaron el desmantelamiento del Estado y lo fueron reduciendo a su mínima expresión hicieron un daño tremendo al país, porque al final de cuentas la debilidad institucional funciona en beneficio de los pícaros que de esa cuenta pueden aprovecharse la impunidad que prevalece en el país.
La paja de que en la Vicepresidencia se iba a establecer una unidad de transparencia y otra en el Ministerio de Finanzas fue para agarrar babosos, porque si vemos en ninguna de esas instancias se ha esclarecido ni siquiera un caso de corrupción. ¿Será que nos tenemos que tragar que son tan transparentes que no existe ni ha existido ningún caso en todo lo que llevan de gobierno, no obstante las evidencias en compras de medicinas y en casos como el de la sobrina de la esposa del Presidente?
Indudablemente nuestro sistema está diseñado para alentar la corrupción y favorecer el saqueo del erario. Así ha sido siempre y por lo visto así quieren que siga para siempre, pero tenemos que entender que la situación está llegando a extremos, porque cada gobierno que llega se muestra más avorazado que el anterior y eso mantiene al país hundido en una situación que no ofrece salida. Y eso explica por qué en nuestros países existe esa tendencia a perpetuarse en el poder, sea mediante las reelecciones o mediante la imposición de algún pariente o allegado, que pueda continuar con la explotación de los recursos públicos para amasar enormes fortunas de carácter personal.
No hay el menor asomo de vocación de cambio porque nadie quiere ponerse el candado que le impida hartarse con los recursos públicos. Es como con la escandalosa indemnización de los funcionarios, puesto que como todos quieren gozar de los beneficios, baboso aquel que disponga ponerle coto al abuso. Lo mismo ocurre con la corrupción, puesto que quien la enfrente de manera decidida tendría que conformarse con recibir su sueldo y punto. Eso no lo quiere ninguno de nuestros políticos y por ello la espiral resulta asquerosa.